La transición perdida

La transición española ha sido, o fue, uno de los momentos más importantes de la reciente historia de España. Independientemente de que la transición significó el paso de la dictadura a una monarquía parlamentaria, con su correspondiente Constitución, que nos hacía mucho más iguales en derechos y libertades, también supuso un cambio absoluto en el modelo de sociedad que se quería constituir. Una sociedad dispuesta a renegar del pasado, desde la posición o situación política que fuese, a cambio de mirar al futuro con esperanza y decidida vocación democrática.

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La delicada situación política y económica, los tremendos cambios sociales en los primeros años de la democracia y el fantasma de la involución revoloteando sobre nuestras cabezas, no pudo con las tremendas ganas de entendernos, de entenderse los políticos: tan distintos y distantes en los conceptos, en los modos y en las formas. Pese a ello, se consiguió una “democracia imperfecta” pero mejorable. En España es muy difícil que algo sea perfecto, porque ya habrá alguien que lo retuerza para que no lo sea. Pero esa democracia, tan carente de lo básico, aceptó el desafío de resolver los problemas políticos y sociales con altura de miras, generosidad, diálogo y consenso por todas las partes.

Ese espíritu de la transición, donde prevalecía el entendimiento por encima de cualquier cuestión ideológica y, el bien común, sobre distintas formas de afrontar e interpretar la política, es lo que parece que hemos perdido irremediablemente. De unos años a esta parte, hemos olvidado el espíritu democrático que nos trajo al momento en que nos encontramos hoy en día, y nos hemos vuelto a situar en el guerracivilismo de 1934. Un despropósito de tal magnitud, por parte de los políticos “locos” que nos manejan, que se tiene la sensación de haber perdido lo mejor de la esencia de la democracia en España.

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Mirar al pasado nos permite afrontar el futuro con menos errores. Pero si nos empeñamos en perfilar el futuro con odio y resentimiento, estamos demostrando que no hemos aprendido nada, que todo lo bueno que hemos conseguido como sociedad democrática se puede ir al traste en un abrir y cerrar de ojos. Digo esto porque desde algunas posiciones políticas parecen dar por perdido el diálogo y el consenso, que tan eficaz fue en la transición.

La manía por remover el pasado, que como su propio nombre indica es un tiempo ido, las ganas de crispar a la sociedad con ideas y conceptos caducos, demostrado por activa y por pasiva que no conducen a nada bueno, es el empeño de estos políticos de nuevo cuño, pero de obsoleta ideología, que enfrentan a la sociedad que dicen servir y la hacen más vulnerable, menos sensible a los problemas cotidianos y, por supuesto, muchísimo más agresiva.

Es cierto que estos partidos, en cierta medida, para su estrategia política les conviene un enfrentamiento con los partidos de la oposición, pero tampoco es menos cierto que en el ejercicio de su acción política también aflora su peor trasfondo humano, ese que debe priorizar el bien común sobre cualquier otro principio.

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Las líneas de la democracia en España nunca antes habían estado tan desdibujadas. Ya no se afronta la diferencia ideológica con la palabra y el sentido común, sino con la agresión verbal o física, que nos retrotrae a los peores momentos de nuestra historia. La agresión el insulto y conculcar los decretos democráticos otorgados por la sociedad no nos hace mejores, sino que permite que aflore en cada uno de nosotros los instintos más bajos que alberga cualquier ser humano en su interior.

Cuarenta años después de que, tras una dictadura, lograran ponerse de acuerdo perfiles políticos tan contrarios, sin una palabra más alta que la otra, sin llegar a las manos, en ningún momento y, sobretodo, con un exquisito respeto hacia el que pensaba de manera diferente, nos hace pensar que la transición no ha servido para nada, que todo el aprendizaje político de aquellos padres de la democracia ha caído en saco roto y, que en cualquier momento podemos volver al enfrentamiento civil, por no aceptar las reglas del juego democrático que nos marca nuestra Constitución.

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Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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