Banderas de nuestros padres

Siempre he mantenido que Unamuno fue de los pocos intelectuales que llegaron a conocer el alma de los españoles. Ese alma inmortal que nos eleva por encima de cualquier generación, y que, sin embargo, parece inamovible en el tiempo, imperecedera y estúpida de principio a fin. Porque si de algo adolecemos los españoles, en general, es de esa estupidez congénita que nos lleva a enarbolar banderas de nuestros padres, de nuestros abuelos incluso, y a rememorar viejos conflictos políticos y sociales como si fueran de hoy mismo.

El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando”, decía Unamuno. No alcanzo a saber en que todo, o en parte, llevaba razón, porque los hechos nos demuestran que un siglo después, donde la gente viaja asiduamente, y se lee más que en ninguna otra época de nuestra historia, sigue perdurando el racismo y el fascismo, con el mismo grado de estupidez de siempre. No evolucionamos más que en lo banal, porque dejamos a la intemperie la verdadera esencia de lo que nos une a la historia.

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Tengo asumido desde hace muchos años, que la mayor parte de los conflictos sociales que se generan tienen como denominador común intereses ocultos que se nos escapan a la mayoría de los mortales. Intereses de orden económico y político que necesitan de la complicidad o de apoyo social para no parecer tan crudos y escabrosos. Intereses partidistas, de grupos financieros, de lobbies externos, que a la sazón son los que controlan todo lo que nos rodea, y ese tipo de entramados que buscan satisfacer sus primarias necesidades a cuenta del incauto ciudadano que se mueve como marioneta de acuerdo al son que toquen, en cada momento.

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Recuerdo cuando hace años el enemigo a batir era la Ikurriña. Una bandera de la que muy pocos tenían información, y que el gobierno de turno intentaba asignar a los disturbios en el País Vasco o a las acciones de ETA, a pesar de ser una bandera oficial desde 1936. El terrorismo daba juego para todo, pero principalmente para considerar a todos los vascos etarras, como hoy sucede con la consideración de que todos los catalanes son separatistas, a los que el gobierno, el de ellos o el nuestro, intenta enfrentar por todos los medios a costa de unas banderas, sabiendo que para cualquier pueblo, desde antiguo, el color de un trapo enarbolado convenientemente ha servido para demostrar lo que de animales irracionales tenemos los que caminamos sobre dos patas.

La sociedad española no ha estado jamas dividida, de eso doy fe, porque he viajado mucho y he leído mucho, y como decía Cervantes “quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho”. Incluso en la etapa más siniestra de nuestra historia, como fue la Guerra Civil, los soldados de uno y otro bando se intercambiaban cartas y tabaco, como lo más natural de mundo, en una trinchera inventada por otros, donde el pueblo se sacrificaba, sangrientamente, por algo que ni entendía, ni compartía, ni secundaba.

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He viajado recientemente a Barcelona y, como siempre, el separatismo exacerbado que me esperaba era el mismo que antes de ponerse de moda las esteladas, de dejar el colegio Ada Colau, o de morir Peret, o sea, ninguno. Las fronteras y los muros los ponen los que tienen miedo a algo, pero los que viven con la conciencia tranquila, y con lo suyo, no temen a que nadie les diga lo que se puede o no se puede hacer.

Barcelona, como Madrid, es una ciudad cosmopolita. Llena de gallegos, andaluces, manchegos, paquistaníes y sudamericanos, entre cientos de etnias y pueblos de menor magnitud. El resto de Cataluña no es en modo alguno diferente, exceptuando los núcleos eminentemente rurales, donde incluso la mano de obra de la fruta, por ejemplo, suele ser procedente del norte y centro de África, y conviven en armonía con el resto del pueblo.

El problema que subyace en este conflicto que nos venden a diario, nuestros gobernantes, tiene que ver más con tapar la corrupción y llevarse el gato al agua en asuntos menores, que en una fractura social entre catalanes y el resto de españoles, aunque para ello tengan que enarbolar banderas de nuestros padres.

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Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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