Frente al miedo, hipocresía

Si de la especie humana hay alguien que me repatea, solemnemente, son los hipócritas. La hipocresía es la actitud constante o esporádica de fingir creencias, opiniones, virtudes, sentimientos, cualidades, o estándares que no se tienen o no se siguen. La persona hipócrita finge cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tiene o experimenta: esta es, al menos, la definición aceptada por los lingüistas, y por los cauces oficiales. La persona o personas que no son hipócritas; esto es, que no cumplen los requisitos anteriormente expuestos, pero actúan como tales, son cínicos, falsos, tontos de capirote o tontos, a secas. La especie humana está llena de unos y otros. Pero cuando la definición de ambos sirve para etiquetar a alguien, la cosa cambia, según en qué pedestal hayamos colocado al individuo.

Si se tratara o tratase de interpretar un escrito de otro colega periodista, por supuesto que no escribiría estas líneas. Entre otras cosas, porque existe un código no escrito ni impuesto, que da margen a la libertad de expresión de un colega sobre otro, probablemente tenga que ver aquella frase tan popular, como manida: perro no come perro. Pero cuando se trata de corregir o colegir; las dos acepciones son válidas, a todo un primer ministro la cosa cambia, y uno se frota las manos, se coloca las gafas, se remeda las bocamangas, como en un combate a puño cerrado, y trata de justificar la hipocresía, o la tontuna, como Dios le da a entender.

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Escribía Matteo Renzi, a la sazón primer ministro de Italia, un artículo acerca de los movimientos migratorios y sus consecuencias; Frente al miedo, valentía. Y me sorprendía sobremanera, dado el cargo de quien lo escribe, porque lo hace en unas formas propias de una ONG, de quien no sabe de la misa la media, o de quien justifica el drama de los desplazados como una consecuencia de desproporciones entre ricos y pobres, entre países prósperos y los que no lo son.

Es cierto que la búsqueda de paz y alimentos empuja a millones de personas a lugares más seguros y, para ello, arriesgan sus vidas por llegar a Europa. Como es cierto que la historia de la humanidad está llena de flujos migratorios. Pero ninguno de los motivos alberga causa justificada para lo que está pasando en el mundo actualmente. Con la hipocresía de acoger a los desplazados, por un lado, mientras se venden armas impunemente a quienes les envían a la diáspora, por otro, se establece un doble juego, donde los ricos ganan y los pobres mueren. Eso lo sabe el señor Renzi mejor que yo, o al menos, en la misma línea. El problema del Mediterráneo no es que lleguen seres humanos del otro lado, el problema es que existen numerosos intereses económicos, entre ellos la venta de armas, que propician las guerras, que quitan señores para poner a otros, y que las almas indefensas, como corderos acuciados por una manada de lobos, no encuentran la forma y el modo de escapar de tan horrenda oferta.

La industria armamentística produce, cada año, más de 1,5 billones de dolares (2,7% del PIB mundial) un negocio a escala global que abarca la fabricación de armas y tecnología para equipos militares. Pero no solo para efectivos militares de países, para su defensa o abastecimiento, sino que los principales compradores son los cientos de grupos en conflicto permanente, permitido y consentido por la mayoría de países con intereses directos en esta industria.

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Las personas no dejan su hogar, no migran por gusto, no se desplazan hacia un destino incierto por escasez de medios y recursos, entre otras cosas, porque no los han tenido nunca. Las personas migran por miedo, se desplazan huyendo de la muerte, de la incomprensión, de que nadie haga nada por ellos, de que sólo signifiquen argumentos para los necios que empuñan las armas, y cifras macroeconómicas para los que las venden.

Los países con potencia armamentística, y eso no lo dice usted; señor Renzi, son, a veces, los que promueven las guerras, las consienten y las financian, para obtener unos pingues beneficios. Esos mismos países que desestabilizan, entrenan y arman, a toda esa caterva de energúmenos, que atentan contra los intereses económicos de terceros, según convenga, con la única objeción o inconveniente, según se mire, de los lógicos daños colaterales a personas. A eso le llamo yo hipocresía.

Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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