Tiempo de Navidad

Casi sin darnos cuenta hemos consumido doce meses de nuestras vidas. Acabamos de pasar nuevamente las fiestas más entrañables de que gozamos la mayoría de los humanos. Y el inexorable caminar del tiempo se nos hecha encima cada vez con más rapidez, cada vez con más vehemencia; señalándolo todo, controlándolo todo también.

Los que trabajamos, de alguna manera, por y para la información, somos algo parecido a unos “depredadores del tiempo”, siempre pendientes de una fecha, de un acontecimiento (cuando estragamos un artículo, que día damos una conferencia, que otros día se falla un premio de novela o poesía que tanto anhelamos). Y así siempre, repartiendo el tiempo, siempre escaso, con el servicio a los demás, con la colaboración de todo aquello que significa Tierra; raíces, nostalgias…

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Pero la fiesta de la Navidad no se vive de igual forma en todas partes, no se siente de la misma manera en un pueblo o en otro, no todo el mundo lo percibe del mismo modo, aunque la sensibilidad de la Navidad sea para todos igual. En las grande ciudades la Navidad se traduce en cifras, es la fecha de evaluar lo que ha supuesto todo un año de sensaciones: la economía confirma su buena tendencia y se percibe una mayor actividad industrial y un mayor dinamismo en el sector de los servicios, se miden las cifras del paro e incluso se evalúan los apoyos políticos al gobierno. La Navidad no existe en el mundo de la economía y, cuando aparece por algún rincón una cifra positiva vestida de espumillones y colorines, inmediatamente salen de su escondrijo, otras, vestidas de solidaridad, que se encargan de recordarnos que aún quedan muchas hambres que saciar en le mundo y se regocijan con alguna escenas de marginación que a nadie le agrada presenciar.

El sentido actual por lo navideño se aleja del aleluya que nos anuncia la buena nueva con todo su esplendor y grandeza, más bien, nuestra alegría se centra en la proximidad de unos días que nos harán olvidar, de momento, la dureza del tedioso y monótono trabajo, al tiempo que nos permitirán demostrar nuestra perspectiva posición social según nuestros despilfarros. Olvidamos conscientemente la fecha cristiana que celebramos y dedicamos esos días a grandes festines saturados de comilonas, bailes frenéticos y bacanales de locura, como si ese fuera el verdadero motivo de tan magna celebración, despojándonos del sentido común de antaño, para celebrar también de forma fervorosa y sincera el momento de acercarse al recién nacido y gozar de su venida. ¡Qué bonito sería vivir siempre arropados con el espíritu de la Navidad, pensando en que ella fue obra de Dios para hacernos mejores.

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Quizás estas sean las fiestas más bonitas de todo el año, pero también las únicas que a la vez producen alegría y tristeza, apartes iguales, al tratarse de unas Fiestas de unión entre familiares y amigos, y bien sea por circunstancias de trabajo o la pérdida de algún ser querido, no siempre nos encontramos celebrando la Navidad con la misma alegría,

No pretendo censurar en exceso las demostraciones de júbilo, porque de alegría debe llenarse el mundo ante tan grandioso acontecimiento que, siendo ya tan viejo, siempre es bien recibido, como una verdadera novedad, cada año, pero si creo que debería tan bien dejar lugar para importantes reflexiones acerca del verdadero sentido de la Navidad.

El mundo está desigualmente repartido, mientras que a unos les sobre mucho, a otros les falta todo. Y son precisamente los que más tienen, los que más alarde hacen de ser mejores cristianos, porque reciben a Cristo entre lujos y ostentaciones que sólo pueden ser un insulto para aquellos otros que esperan la fiesta con indiferencia entre sus penas y miseria.

Todo ello, me lleva a recordar tiempos de navidad en La Mancha. Tiempos en los que estas fechas servían como una pura declaración de amor fraternal entre los seres queridos, tiempos en que era preciso detener el tiempo a modo de reflexión y tomar verdadera conciencia de nosotros mismos como seres humanos, tiempo de encuentro, de recuerdo y añoranzas, donde aún el balance anual de lo positivo o negativo se llena de sutileza, donde aún se contempla el cielo y se pide que la climatología sea benigna con nuestro campos. Tiempo de recuperar a los que viven en la distancia y de añorar a los que nos dejaron. Al regresar al pueblo, de donde todos procedemos, lo encuentras todo distinto, maravilloso. Las calles se adornan y brillan con luz propia, como si salieran a darle la bienvenida, y se respira un aire que emana multitud de sentimientos.

La Navidad en La Mancha, es sobretodo una época de encuentros y solidaridad que va unida sentimentalmente a la celebración del Año Nuevo. Pero sobretodo es una tradición que hay que preservar en su más pura significación.

Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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