Del verde al amarillo

Al término del periodo vacacional parece que la situación política tiende a enrarecerse. Tras los momentos de relativa calma que han acompañado a las instituciones de Estado con la llegada al gobierno que preside Aznar, y el compás de espera mantenido por la oposición, entramos de nuevo en la senda del despropósito y de la crispación.

Si antaño fueron los casos de corrupción los que hicieron tambalearse a las más altas estructuras del Estado, hoy es la negativa del gobierno a esclarecer tales hechos lo que enerva a los ciudadanos que hace unos meses depositaron su confianza en el partido encargado de poner las cosas en su sitio y restablecer el orden político e institucional.

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Quiero pensar que en tan pocos meses nuestros gobernantes no se han vuelto locos, que aún permanece en la memoria el favor que deben a sus conciudadanos por otorgarles su confianza, pero los últimos acontecimientos parecen demostrar todo lo contrario.

Si algo queda claro en una democracia, es la decisión última de los ciudadanos a votar en las urnas a quien les de la real gana, esa actitud fue la que impulsó al Partido Popular para sostener las riendas del gobierno de la nación en los próximos años. Con ello, pasábamos de una situación de desencanto a una de nueva esperanza, apostando mucho más que por una idea política, por cortar y erradicar de la vida pública la mentira y la corrupción.

Para los votantes del PP, el día 3 de marzo pasado, es una fecha a subrayar en el calendario con tinta verde –dicen que es el color de la esperanza-. Para los que votan a otras fuerzas políticas, aunque les hubiera gustado que su opción fuera la ganadora, no me cabe la menor duda, de que en el fondo de su corazón también se encendió una lamparita verde; otros, porque deseaban grandemente caminar con la cabeza bien alta y dejar de una vez por todas de ser cómplices de la miseria y corrupción instalada en el gobierno socialista. El caso es que todos en general empezamos a respirar algo mejor después de aquel 3 de marzo.

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Han bastado solo unos meses y un verano azul, para pasar del verde al amarillo –como en el tiempo de un semáforo- de la esperanza al desencanto, de la ilusión al desconcierto; Aznar, como González, adolece de mal de gobernante, una afección que tapona los oídos y sumerge a la mente en una nebulosa de irraciocinio; hasta el punto de no saber lo que se dice.

Las últimas decisiones políticas del gobierno popular han estremecido los sentimientos más íntimos de su electorado e incluso ha encrespado los ánimos de algunos diputados de su formación, que no se explican qué está pasando. Pronto ha olvidado el Partido Popular sus máximas, con las que llegó al Gobierno, a las que va cambiando a golpe de decreto. Ha insultado y ofendido la inteligencia de los españoles en general y, en particular de aquellos que les seguiremos votando –a pesar de todo-. Pero hay ya quien está pensando dentro del propio partido, en crear una plataforma ciudadana para defender los derechos de los votantes.

El cambio de actitud en el gobierno de Aznar, ha roto las esperanzas de mucha gente; sobretodo de aquellos que a última hora decidieron cambiar el sentido del voto electoral. Se está actuando de forma irresponsable en un país donde el mayor descrédito lo tienen los políticos, y esto puede producir un cataclismo en las próximas elecciones municipales y autonómicas.

Por otro lado, la no desclasificación de los papeles del CESID, antes irrelevantes; según Álvarez Cascos, y ahora tan secretos e importantes, como era poner en peligro la seguridad nacional, suena más a mofa que a otra cosa. Todo el mundo es más o menos consciente de que detrás de todo esto hay algún poder que trata de impedir que la justicia sea igual para todos –incluido Felipe González- y no que tales documentos secretos puedan perjudicar nuestras relaciones con cualquier república bananera del Trópico, y mucho menos, que esté en peligro la vida del “superagente Emiliano”, destinado de por vida en el Pico Pasapán. Argumentos tan banales, que después de conocer la existencia de indicios de vida en Marte, suenan a Mortadelo y Filemón.

Debería hacer bien el Partido Popular rebobinando videos pasados en el terreno del Congreso de los Diputados, como hacen los entrenadores de futbol antes de un partido importante, y mirarse de ves en cuando al espejo, para comprobar si alguien va teniendo cara de corrupto. A los ciudadanos seguro que les gustaría más verles con esa cara de oposición; limpia, firme, con tonalidades de verde esperanza.

Lo cierto, es que la afrenta está servida y en cualquier momento, como en los semáforos, se puede pasar del verde al amarillo.

Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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