Preocupante inseguridad

 Hace tiempo ya que nuestras calles se empezaron a poblar de gentes diferentes a nosotros. Hace tiempo que compartimos nuestro espacio vital, tan sosegado y tranquilo, tan apacible y metódico, con personas que provienen de los lugares más recónditos del planeta. Asistimos, casi con absoluta normalidad, al desastre humano que nos ofrece el desembarco de emigrante en nuestras costas, que buscan, con desesperación, huir de sus lugares de origen, rumbo al paraíso terrenal que para ellos es Europa, al precio que sea, incluso al precio de su propia vida. Un asalto brutal. Una invasión meditada y necesaria, a cambio del salto cualitativo que la economía española vive desde hace más de una década.

Pero como todo fenómeno de masas; ya lo escribía Unamuno, la falta de control puede desembocar en actos de barbarie que rompan el equilibrio establecido por la sociedad. Es cierto que hay un aumento preocupante de la llegada de emigrantes, pero no es sólo eso, también hay preocupación por saber quien va a recoger nuestras cosechas o quien se va a convertir en peón de brega en las obras. Los españoles, por desgracia, cada vez somos menos, y por fortuna, cada vez vivimos mejor. Ambas cosas son incompatibles y es lógico deducir que alguien tendrá que trabajar por nosotros si queremos seguir manteniendo el mismo nivel de vida. Nos preocupa sobretodo vivir bien y trabajar poco, y nos molesta que la moneda de cambio de ese estado del bienestar sea la inseguridad ciudadana que cada día se torna más preocupante.

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Los emigrantes en situación regular, en nuestra región, suponen el 13% de la población, a los que hay que sumar más de un 2% que se encuentran en situación irregular, la mayoría asentados en núcleos de población periféricos y en casas campo.  En situaciones lamentables de pervivencia en la mayoría de los casos. Situaciones que compaginan, (sobre esto ya hay varios estudios policiales que lo atestiguan) con el hurto en tiendas de alimentación generalmente y, más esporádicamente con el robo a viandantes o en casas particulares.

Este fenómeno, por ser previsible, debía de ser controlado con mucha mayor celeridad por las administraciones encargadas de la seguridad ciudadana: empezando por los alcaldes y terminando por el último agente de policía. La Ley de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, establece claramente las competencias en este sentido, otra cosa es, que nadie quiera asumir la responsabilidad a la hora de tocar un tema tan sangrante e impopular como es la seguridad de todos. Sabido es que la represión, bien entendida, es la mejor arma para combatir situaciones de alarma social. Pero con ello también nos enfrentamos, como en una navaja de doble filo, a crear una situación de alarma que no a todos complace.

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Es por ello que los alcaldes, tan pendientes siempre de no dar mala imagen por el asunto de los votos, se rasguen las vestiduras y dejen pasar el tiempo, haciendo bueno el dicho de que el tiempo lo cura todo. Por otro lado, las fuerzas de seguridad piensan que este es un problema sobre el que ya alertaron en su momento y nadie les hizo caso, desviando la atención del problema hacia el lado que verdaderamente es competente en el tema: las administraciones públicas.

Entretanto, los ciudadanos siempre tan callados, reservados y tolerantes con el que se siente necesitado, ven colmar el vaso de la paciencia cada día y asisten impasibles a los robos, las peleas y el clima general de inseguridad que se vive en ésta comarca, desde que los políticos pensaron que ciertos temas son mejor no tocarlos, para que nadie les pueda tachar de racistas, xenófobos o tontos del culo, que a fin de cuentas viene a ser lo mismo.

Aplicar los instrumentos que la Ley pone a disposición de las administraciones públicas: desde la delegación del gobierno hasta los ayuntamientos, no tiene por qué ser una medida impopular, por necesaria. No es más que hacer efectivo el sentido común en una sociedad que está preparada para ello y que cada vez lo demanda con mayor urgencia.

La inseguridad ciudadana se combate con criterios racionales de convivencia, expresados en nuestro ordenamiento jurídico. De forma que la inadaptación de unos pocos a nuestro modelo de sociedad no ponga en peligro a la sociedad entera. Entretanto, cabe resignarse y pensar que aún están por venir tiempos peores. Sólo tenemos que fijarnos en los modelos de sociedad de los países de nuestro entorno, salvo Portugal, y hacer bueno el dicho de ..cuándo las barbas de tu vecino…..

Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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