De los errores no se aprende

Probablemente, uno de los mayores males de los que adolece una sociedad sea la ostentación del poder en general, pero cuando el poder lo ejercen los políticos con el sufragio de los ciudadanos, éste se convierte al cabo en un arma de doble filo.  El mal del poder se vuelve con el tiempo enfermizo y contagioso. Vivimos en un país democrático donde, al menos en teoría, todos los ciudadanos poseemos los mismos derechos, uno de ellos, el de la libertad de información. Por lo cual, no se me ocurre ningún motivo por el que se tengan que seccionar las noticias o darlas con cuentagotas, cuando lo que se pretende con ello es clarificar posturas y aciertos políticos, más o menos consensuados.

Se nos olvida con demasiada frecuencia quiénes somos, de donde venimos y hacia dónde vamos. Se nos olvida el deber que tenemos hacia los demás, sobre todo cuando se ejerce el poder político, y se nos olvida porque tenemos tan escaso tiempo para detenernos y mirar hacia atrás que no distinguimos los errores que cometieron otros, y que pueden ser los mismos en los que se pueda caer si seguimos andando a tras pies.

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El ganar unas elecciones puede dejar una sensación tan agradable de triunfo como para olvidarse de que son los ciudadanos los que en ejercicio democrático depositan su confianza en nosotros para que la gestionemos de la mejor manera posible, y no el partido al que servimos, que tarde o temprano nos valorará de acuerdo al porcentaje de votos que seamos capaces de aportar. Sirvan para clarificar mis palabras, las que escribió Adolfo Suárez en ABC con motivo de los XXV años del reinado de D. Juan Carlos I.

“Todos hemos aprendido que el respeto a los resultados electorales constituye pieza fundamental de la democracia y que la victoria electoral, por muy amplia que sea, nunca es la conquista del Estado. El triunfador de unas elecciones generales sólo es un poseedor del Poder a título de precario. Por eso no puede invadir espacios políticos que para todos han de servir, ni puede despreciar el papel de la oposición, sino buscar, en los temas de Estado más esenciales, el mayor consenso posible”.

En aras a esa libertad de expresión, participé en fechas pasadas en una mesa redonda donde se debatían los pormenores de la consecución del hospital para la comarca de Tomelloso. Y como es público y notorio, se produjo algún que otro cruce de acusaciones entre el que suscribe y algunos miembros de la mesa respecto de la falta de información que se está dando a los ciudadanos con este tema. No es que pretendiese reventar los planteamientos políticos que se llevan desde el ayuntamiento, sino, que con mi intervención pretendía clarificar lo que tanto esperan los tomelloseros: respuestas. Debemos tener en cuenta que si se ha llegado a aprobar el hospital para Tomelloso ha sido gracias a una movilización ciudadana sin precedentes en la historia de nuestro pueblo. Los mismos ciudadanos que votan en las urnas y los mismos que han de recibir esa sanidad que reclaman. Por tanto creo que no es mucho pedir, que a esos ciudadanos se les tenga convenientemente informados de las gestiones que se están realizando y qué se les va a dar a cambio de su movilización, por si fuese necesario repetir en otro lugar más propicio, y no quiero dar ideas. Lo cierto, es que gracias a mi intervención me he ganado alguna que otra enemistad que antes no tenía, pero ya estoy acostumbrado desde que empecé hace quince años en estas páginas de Pasos a decir con letras lo que pienso, y a dar la capacidad de respuesta al que se sienta ofendido, ya que la libertad de expresión es patrimonio de todos.

¿Qué útil es para los políticos tener malvados oficiales que carguen con las culpas colectivas? Lamento mucho que mis comentarios sobre el tan traído y llevado hospital sentaran mal al señor alcalde, y, como no me cuesta pedir disculpas si las debo, aquí las tiene con mi pesar. No había animosidad por mi parte, ni menos aún deseo de dar lecciones; pero si le sentaron mal, el efecto es lo que cuenta. Y como de un acto público se trató, públicamente hago yo la entonación del mea culpa si hay lugar a tal menester.

Mi mano sigue abierta y tendida, y, en lo que a mí respecta, aquí no ha pasado nada.

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Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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