Vuelva usted mañana

Vuelva Usted mañana es tal vez el artículo más conocido y citado de Larra, escrito allá por 1833. La crítica que en él se hace de la holgazanería y la falta de civismo coincide con la percepción actual de muchos ciudadanos de cómo funcionan las cosas en nuestro país, sobretodo, tomando como ejemplo el comportamiento de muchos funcionarios públicos, aunque si bien he de aclarar dos cosas antes de meterme en harina; una, que he sido funcionario del Estado durante aproximadamente treinta años, y otra, que ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Sobre esa premisa básica quiero empezar este artículo, que a modo de denuncia, establece el comportamiento de un grupo de funcionarios pertenecientes al Instituto Nacional de la Seguridad Social, con sede en Móstoles. Podría haber sido cualquier organismo dependiente de la administración del Estado, pero una serie de causas personales hacen que me fije precisamente en este punto. He de decir, a favor de la administración, que se ha adelantado enormemente en cuanto a agilizar protocolos, herramientas, medios técnicos y soportes informáticos. Sin embargo, hay un gran desconocimiento de estos procedimientos por parte de los ciudadanos y lo que es más grave, de los propios funcionarios.

La narración de los acontecimientos que vienen al caso es la siguiente: Un usuario se acerca al citado departamento, obtiene el número que corresponde a su gestión y espera pacientemente los treinta minutos que le separan desde su llegada hasta que ocupa la mesa a la que le pertenece agilizar o resolver el problema. Se trata de algo tan simple –según la óptica del usuario- como es pedir un certificado de que no es titular ni beneficiaria de asistencia de la Seguridad Social, por haber pasado a pertenecer a la Mutualidad General de Funcionarios del Estado (MUFACE). La funcionaria en cuestión mira al usuario como podría haber mirado a un marciano con paperas, le pide que espere, se levanta y consulta con su compañera dos mesas más allá de la suya. Cuchichean, cabecean, y al no estar muy de acuerdo se dirige a otra mesa próxima. Repite la historia, esta vez ante un compañero y, milagro, al cabo de dos minutos vuelve a su mesa resuelta a darnos solución al tema.

– No puedo acceder a su petición ya que tiene una prorroga de asistencia has el cinco de marzo.

– Bien, ese punto ya lo sé –responde el usuario- me lo acaban de confirmar en MUFACE, por eso vengo a solicitar la baja voluntaria.

Vuelve a su teclado, mira de nuevo el documento nacional de identidad y se pone a escribir. Maravillas de la técnica –dice- ya está arreglado, vaya usted a MUFACE.

El usuario, que en un momento se ha mostrado escéptico, piensa que no ha sido tan malo y que quizás en algún momento ha considerado poco preparada a la funcionaria en cuestión, a pesar de no cumplir ya los cuarenta desde hace un tiempo. En total hemos perdido cincuenta minutos, pero están bien empleados si con ello hemos resuelto la maniobra. Vuelve la usuaria pasados cuatro días a MUFACE y le dicen que la situación no ha cambiado y que sigue dada de alta en la Seguridad Social, por lo que no se puede llevar a efecto el ansiado cambio, mientras no exista la baja pertinente.

De nuevo se repiten los mismos pasos dados la semana anterior, pero esta vez estoy dispuesto a escribir sobre ello y me dedico a observar, mientras espera impaciente la persona a la que acompaño. Los teléfonos suenan incansablemente, sin que nadie les preste el menor caso, como si se tratase de una música de fondo que ambienta la oficina. Esos teléfonos a los que por cierto te dirigen para consultar dudas y ahorrar tiempo y espera, supuestamente. Las mesas de una hilera completa permanecen vacías y los funcionarios se alternan en salir a almorzar mientras los números de la pantalla que distribuye el trabajo llevan minutos sin moverse.

Busco mi lugar de observación junto a una escalera. Suben dos funcionarias hablando de los recortes. Una de ellas lleva bajo el brazo dos barras de pan, supuestamente le ha dado tiempo a comprarlas en su jornada laboral para no tener que hacerlo a las tres de la tarde cuando ésta acabe. La otra le comenta que hace un pis y va a cambiar las lanas –supongo que aprovecha su horario de trabajo para hacer recados-. Cuando a los cinco minutos ocupan las mesas de la hilera que antes estaba vacía, pienso que por fin dos puestos estarán operativos y se agilizará la cosa, pero craso error, siguen hablando entre ellas mientras una pancarta de cartón con unas tijeras adorna el respaldo de su silla.

Pido permiso al vigilante de seguridad para fotografiar la escena con mi teléfono móvil. No pone ninguna objeción ya que no existe ningún cartel que así lo prohíba, pero me advierte de que pueden denunciar los funcionarios a pesar de tratarse de un lugar público. Me dirijo al mostrador para solicitar un formulario de queja y me miran con cara de asombro, parece que nadie pide esos formularios, a pesar de que en el tiempo transcurrido los usuarios braman contra los funcionarios, el Estado, Rajoy y el sursum corda. El vigilante avispado, como es su obligación, retrocede con pasos mínimos hasta mi posición, entreviendo que no estoy allí esperando turno y, en tono de complicidad me advierte de que no vale para nada rellenar el formulario de queja. Le pregunto por el jefe de servicio de ese departamento y me señala una pecera* vacía.

Por fin salta el número del usuario al que acompaño y se dirige a la mesa que le corresponde. Le atiende un funcionario que, según observo en la distancia, debe rondar los cincuenta. Explica –de nuevo- el motivo de su solicitud, se levanta, va dos mesas más allá, habla con una compañera, al cabo de dos minutos se dirige a otro funcionario y cuando vuelve le pide al usuario que rellene un papel –en blanco- solicitando la baja que argumenta. La usuaria me mira y se sonríe –que remedio- cumple lo que le dicen y lo entrega. El funcionario hace fotocopia del escrito y del carnét de identidad, le asigna un número de registro y le dice que ya recibirá por correo la respuesta.

Abandonamos las oficinas de la Dirección Provincial del Instituto Nacional de la Seguridad Social de Móstoles –mientras las funcionarias siguen a lo suyo- con la sensación de que a pesar de los años, de los tiempos que corresponden al siglo XXI y de los avances surgidos en materia telemática, sigue más patente que nunca el título con que doy nombre a este artículo y que hizo famoso a uno de nuestros más ilustres periodistas y escritor: Mariano José de Larra.

* Se trata de una oficina acristalada, donde el supervisor de un servicio tiene constancia visual – si está- del trabajo de los funcionarios.

Acerca de Ismael Álvarez de Toledo

Ismael Álvarez de Toledo (Tomelloso, España, diciembre de 1956) se dedica en exclusiva al periodismo y la literatura, tras ejercer durante más de veinte años como funcionario del Estado. Desde muy joven tiene inquietudes artísticas, escribe cuentos y esbozos literarios. Participa en numerosos encuentros culturales que le permiten desarrollar su capacidad imaginativa e intelectual con jóvenes de la época y, somete a crítica la actualidad política en España, algo que ha venido haciendo en prensa escrita a lo largo de los años. Ha ejercido su labor periodística en varios gabinetes de prensa de la administración. Asiduo colaborador de periódicos y revistas como ABC, Diario Vasco, Tribuna de Albacete, Diario Montañés, Lanza, Pasos, El Ideal de Granada, Canfali, Diario Crítico, etc. Columnista en El Mercurio, La Nación, de Chile, el Caribeño News, el Globo News. Iás Información y Diario Crítico, entre otros. Como comentarista político ha publicado más de setecientos artículos. Es autor, así mismo de numerosos escritos sobre gastronomía y viajes. Diálogo Interior (1994), Diario de una terrorista (2013) son títulos que siguen presentes en los estantes de las librerías, y consolidan una carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios. Presidente de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Coordinador General de Encuentros Literarios. Alcaide de honor del Castillo de Peñafiel, en Valladolid. Medalla Fray Luis de León, del Excmo. Ayuntamiento de Belmonte, en Cuenca.
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