De feministas y feminazis

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En pleno siglo XXI, cuando la igualdad de género todavía es una quimera, existen mujeres que, en vez de practicar la solidaridad con sus homólogas se desgastan en despedazarlas y criticarlas. Es por eso que ellas mismas reconocen que el peor enemigo de una mujer, aparte de ellas mismas, es otra mujer. Es cierto que la lucha por adquirir derechos sociales hace más necesario que nunca una reivindicación colectiva, en la que participen hombres y mujeres por igual, ya que no se trata solo de una reivindicación de clase, sino de derechos, de justicia. Y ello, porque vivimos en una sociedad que todavía sienta sus bases en un patriarcado feroz e infame. Los estereotipos que denigran al género femenino siguen siendo el común denominador de nuestro ideario social, pero no porque el hombre lo establezca de esa forma, más bien porque la mujer no hace lo suficiente por cambiarlo.

El movimiento feminista es, a mi juicio, uno de los principales escollos con los que se enfrenta la mujer a la hora de defender sus derechos, y no es porque la lucha de la mujer por la igualdad no sea legítima, sino porque parapetadas tras ese colectivo se encuentran las llamadas feminazis, que son el peor ejemplo de legitimidad de derechos y libertades, que emplean métodos fascistas y sin sentido para reivindicar un mundo de mujeres sin hombres o quizá un mundo de mujeres sin otras mujeres que no piensen como ellas. Ese mal llamado feminismo solo permite un discurso único, excluye a una gran parte de las mujeres por el hecho de pensar de manera diferente, por tener otros principios o ideales políticos, y deja de lado el verdadero sentido del día de la mujer. De la mujer trabajadora, de la mujer que aún ve mermados sus derechos laborales y sociales en comparación con el hombre. Pero no porque sea culpa de éste, más bien porque las mujeres que ostentan el poder no hacen nada para equiparar en derechos a las de su sexo.

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Está muy bien que las mujeres que se dedican a la política salgan a manifestarse a voz en grito, faltaría más. Pero es lamentable que lo hagan para criticar o satanizar a otras mujeres que, como ellas, disfrutan de unos privilegios que no llegan a la mayoría de la gente. Esa demagogia barata no tiene mucho sentido, porque si algo pueden hacer y no hacen, tras desgañitarse levantando proclamas feministas, es legislar a favor de las mujeres y sacar leyes que hagan justicia social con las más desfavorecidas, en lugar de gastar millones de euros en mantener movimientos y asociaciones feminazis, con el único objetivo de atacar al contrincante político.

Las mujeres necesitan, sobretodo, solidaridad y freno a las agresiones machistas, equidad en la desproporción de la brecha salarial y justicia en el mundo laboral. Unas reivindicaciones de las que son parte activa y también pasiva, pero de las que no se puede culpar constantemente a los hombres, como si fueran los únicos que legislan o tuvieran una especial animadversión contra la mujer. Las mujeres quieren igualdad con el hombre y el hombre, en su mayoría, también quiere lo mismo, entre otras cosas, porque no hablamos de individuos distintos, sino que todos tenemos madres, esposas, hermanas, etc.

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Pero parece que el movimiento feminista tiene un enemigo entre ellas, que se empeña en torpedear los avances sociales y denigrar la imagen de la mujer. Es ese feminazismo que todos hemos podido ver el 8M con absurdas proclamas, frases obscenas y mamarrachadas de todo tipo, que dejan una imagen lamentable y ridícula, con una falta de respeto descomunal hacia las mujeres de verdad, las que necesitan urgentemente de ese cambio social para tener un sueldo digno y una vida en igualdad, sin que nadie, sea hombre o mujer, le pise sus derechos.

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La transición perdida

La transición española ha sido, o fue, uno de los momentos más importantes de la reciente historia de España. Independientemente de que la transición significó el paso de la dictadura a una monarquía parlamentaria, con su correspondiente Constitución, que nos hacía mucho más iguales en derechos y libertades, también supuso un cambio absoluto en el modelo de sociedad que se quería constituir. Una sociedad dispuesta a renegar del pasado, desde la posición o situación política que fuese, a cambio de mirar al futuro con esperanza y decidida vocación democrática.

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La delicada situación política y económica, los tremendos cambios sociales en los primeros años de la democracia y el fantasma de la involución revoloteando sobre nuestras cabezas, no pudo con las tremendas ganas de entendernos, de entenderse los políticos: tan distintos y distantes en los conceptos, en los modos y en las formas. Pese a ello, se consiguió una “democracia imperfecta” pero mejorable. En España es muy difícil que algo sea perfecto, porque ya habrá alguien que lo retuerza para que no lo sea. Pero esa democracia, tan carente de lo básico, aceptó el desafío de resolver los problemas políticos y sociales con altura de miras, generosidad, diálogo y consenso por todas las partes.

Ese espíritu de la transición, donde prevalecía el entendimiento por encima de cualquier cuestión ideológica y, el bien común, sobre distintas formas de afrontar e interpretar la política, es lo que parece que hemos perdido irremediablemente. De unos años a esta parte, hemos olvidado el espíritu democrático que nos trajo al momento en que nos encontramos hoy en día, y nos hemos vuelto a situar en el guerracivilismo de 1934. Un despropósito de tal magnitud, por parte de los políticos “locos” que nos manejan, que se tiene la sensación de haber perdido lo mejor de la esencia de la democracia en España.

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Mirar al pasado nos permite afrontar el futuro con menos errores. Pero si nos empeñamos en perfilar el futuro con odio y resentimiento, estamos demostrando que no hemos aprendido nada, que todo lo bueno que hemos conseguido como sociedad democrática se puede ir al traste en un abrir y cerrar de ojos. Digo esto porque desde algunas posiciones políticas parecen dar por perdido el diálogo y el consenso, que tan eficaz fue en la transición.

La manía por remover el pasado, que como su propio nombre indica es un tiempo ido, las ganas de crispar a la sociedad con ideas y conceptos caducos, demostrado por activa y por pasiva que no conducen a nada bueno, es el empeño de estos políticos de nuevo cuño, pero de obsoleta ideología, que enfrentan a la sociedad que dicen servir y la hacen más vulnerable, menos sensible a los problemas cotidianos y, por supuesto, muchísimo más agresiva.

Es cierto que estos partidos, en cierta medida, para su estrategia política les conviene un enfrentamiento con los partidos de la oposición, pero tampoco es menos cierto que en el ejercicio de su acción política también aflora su peor trasfondo humano, ese que debe priorizar el bien común sobre cualquier otro principio.

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Las líneas de la democracia en España nunca antes habían estado tan desdibujadas. Ya no se afronta la diferencia ideológica con la palabra y el sentido común, sino con la agresión verbal o física, que nos retrotrae a los peores momentos de nuestra historia. La agresión el insulto y conculcar los decretos democráticos otorgados por la sociedad no nos hace mejores, sino que permite que aflore en cada uno de nosotros los instintos más bajos que alberga cualquier ser humano en su interior.

Cuarenta años después de que, tras una dictadura, lograran ponerse de acuerdo perfiles políticos tan contrarios, sin una palabra más alta que la otra, sin llegar a las manos, en ningún momento y, sobretodo, con un exquisito respeto hacia el que pensaba de manera diferente, nos hace pensar que la transición no ha servido para nada, que todo el aprendizaje político de aquellos padres de la democracia ha caído en saco roto y, que en cualquier momento podemos volver al enfrentamiento civil, por no aceptar las reglas del juego democrático que nos marca nuestra Constitución.

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La prioridad es España

Si hace unas semanas mi columna de opinión se centraba en la deriva que lleva la mala gobernabilidad de nuestro país, hoy quiero tratar el resultado de esa deriva, en todos los aspectos imaginables, y que tan malas consecuencias está teniendo para la economía y la gestión interna de lo cotidiano, de todo lo que afecta a la salud emocional de los ciudadanos.

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En este breve espacio de tiempo asistimos con incredulidad, pero sin opciones, al avance del populismo nacionalista, que ya ha obtenido importantes éxitos a ambos lados del Atlántico. Un populismo que difiere de las izquierdas en que éste lleva en su programa la prioridad de lo español. Pero no en un concepto semántico, sino en lo real, en la idea de volver a hacer grande a España en el pensamiento colectivo, por mucho que algunos quieran quitarle hierro, porque para que este país avance hay que replantearse volver a la unidad, volver a poner en valor la esencia de lo español, con sus defectos y sus virtudes.

No es VOX el único partido político que aboga por la prioridad de los españoles en temas esenciales, ante la pasividad de los partidos de siempre y la demagogia trasnochada y peligrosa de los marxistas de Podemos y compañía. Se trata de una tendencia a recuperar la esencia de país, que tuvo su origen en Inglaterra, con el Brexit, y que está haciendo temblar a la política europea con el avance de las derechas en muchos países de la UE y en los Estados Unidos de Donal Trump, aunque esa sea harina de otro costal.

Lo cierto es que el concepto de Nación se ha abandonado en muchos países desde la entrada en la Unión Europea, tomando como buenas muchas consignas que han perjudicado seriamente la convivencia y el bienestar social de los ciudadanos, cada vez más acosados laboral y económicamente. Cada vez más perjudicados en políticas sociales que van para los emigrantes, y esta es una realidad como un templo, mientras se desprotege a los españoles.

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El orden mundial neoliberal ha fracasado y el ecosistema político está cambiando para adaptarse a ese fracaso”, opina Theodore Beale, y es verdad. Las políticas migratorias de “al fondo hay sitio” están teniendo una repercusión social extremadamente negativa, sobretodo en países, donde como España, los nativos siguen teniendo demasiadas carencias y pocas soluciones.

A veces pienso que quien dirige la política mundial, tiene previsto estos cambios, como sucedió con la aparición de Podemos, fruto de un descontento generalizado por la pasividad de los gobiernos que se negaban a tratar con la gente corriente. Ahora el cambio tiene que ver con recuperar la identidad española que han pervertido y saqueado los partidos de izquierda. Con hacer frente a un separatismo violento y desmedido, amparado por el gobierno de Pedro Sánchez. Con la idea de defender y apostar por los valores tradicionales; los que defienden a las mujeres de sujetos violentos que son verdaderos desechos sociales, con la defensa de las costumbres y tradiciones del mundo rural, que es la esencia de cualquier país. Con una apuesta firme y decidida por impulsar el sector primario y, sobretodo, por la protección a la familia con políticas que nos permitan crecer como país.

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España es la cuarta economía de la zona euro. Una economía que se mantiene, principalmente, por el esfuerzo de los pequeños y medianos empresarios, que son el verdadero motor del tejido empresarial. Una economía que no puede fiarse a políticas sociales para todo que el quiera traspasar nuestras fronteras de manera ilegal, que es el verdadero trasfondo de lo que está sucediendo en Europa. Una bomba de relojería que puede estallar más pronto que tarde, dando al traste con todos los logros obtenidos hasta ahora, por culpa de quienes priorizan lo de fuera a lo español. No se trata de un rechazo generalizado al emigrante, se trata de controlar quien entra a nuestra casa para que no nos robe la esencia de lo que tantos años nos ha costado ganar y proteger. Porque si nos olvidamos de que la prioridad es España cerraremos las puertas al futuro.

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La España real se rebela

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Estamos acostumbrados a que los políticos minimicen o magnifiquen los acontecimientos según su conveniencia. Y lo hacen sin pudor alguno, sin tener en cuenta la realidad del país que gobiernan, o los problemas que acucian a los ciudadanos. Problemas reales que necesitan de soluciones reales, independientemente del color político que gestiona nuestras vidas en cada momento.

Se alarman los medios de comunicación cuando afloran sentimientos patrióticos trasnochados, sean estos de derechas o de izquierdas, pues tanto da el populismo de un lado que de otro. Lo mismo aparecen añoranzas de una república canalla y asesina, que nos trajo una guerra civil, que fanáticos del régimen consiguiente, que poco o nada tiene que ver con la España actual, moderna y cosmopolita que disfrutamos.

Otra cuestión es, que los que nos gobiernan deberían tener superadas esas diferencias y actuar de acuerdo a la sensatez y los nuevos tiempos. Enfocando la realidad que se vive en otros países de nuestro entorno, y en los que tanto nos gusta mirarnos, cuando nos conviene. Sin dividir a los españoles, sin crear brechas ideológicas entre unos y otros, en definitiva, procurando el bien común y la paz social, que es tanto o más importante que el estado del bienestar.

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Los políticos viven de espaldas al pueblo. También lo hacen muchos medios de comunicación, partidistas e interesados unicamente en cuotas de audiencia y en balances de resultados, sin valorar, realmente, que la información es vital en una sociedad avanzada. No hay más que seguir las tertulias de radio y televisión, sobretodo de esta última, para darnos cuenta de la cantidad de sandeces que se vierten por boca de presentadores y tertulianos, cuando a bien seguro, los televidentes disponen de mejores recursos y aplomo que los energúmenos que gritan a diestro y siniestro, en lo que debería ser una parrilla informativa.

Por tanto, no es de extrañar, que la España real se rebele. La España de cualquier rincón del mapa, la España que se levanta todos los días para buscar soluciones reales a sus problemas, independientemente de la ideología de cada uno. La España que está harta de separatistas, de corruptos, de despilfarro en lo público, de nacionalismos y nacionalistas, de vividores y cuentistas, de senadores y poltronas agradecidas.

España se rebela porque está harta de políticos de la mamandurria, de jueces de quita y pon, de banqueros mafiosos y periodistas comprados. España se rebela y vota por los extremos, porque el centro, como en las manzanas, está podrido. Y votar a los extremos es un retroceso, pero también una necesidad, cuando se quiere aportar vitalidad y soluciones a esa enfermedad crónica que padecen los políticos que viven de los bancos y las eléctricas, de los grandes grupos de comunicación y las empresas del Ibex.

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El mejor argumento del hartazgo de la sociedad, viene en el incremento de simpatizantes en partidos como Vox o Podemos. Los dos extremos que buscan romper con un modelo caduco de gobernar, cada uno a su manera, cada uno esgrimiendo sus razonamientos, pero ambos con la utópica idea, de que es posible hacer una sociedad mejor, con mejores ideales, sin despilfarro ni corrupción y, donde los valores del individuo estén por encima de cualquier otra cuestión.

La España real se rebela, porque no entiende de argumentos y sí de soluciones. Soluciones a cosas nimias, a cosas de sentido común, a la resolución de realidades cotidianas que mantienen en vilo a la gente corriente. A la apuesta firme y decidida por caminar y hacer futuro en paz y armonía, sin buscar culpables, ni vencedores ni vencidos de tiempos idos y trasnochados. Lo pasado, pasado está, y el futuro lo hacemos los que estamos vivos. Todo lo demás, es gana de gastar la mandanga y hacer mala sangre al personal.

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Un país a la deriva

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Lo que está sucediendo en España está más cerca de la hecatombe que de una crisis institucional de las que tan acostumbrados estamos. La forma en que se dirige este gobierno, en precario, no tiene referente en lo que llevamos de democracia. Ni antes ni después de los desafortunados gobiernos del “insigne” Zapatero y don Tancredo Rajoy. Al menos con este último, el gobierno se sostenía por la grandeza de sus ministros, aunque quien tomase las últimas decisiones fuera un completo inútil.

La precariedad, como digo, nos deja estampas tan inusuales en cualquier gobierno de países de nuestro entorno, como la dimisión forzada de ministros, las reticencias de otros a dejar el cargo a pesar de que existan pruebas fehacientes y suficientes, para que la indignidad de sus acciones pasadas salpique el ministerio. Descalabros, uno tras otro, y un presidente mudo, que no abre la boca por temor a meter la pata. Si el anterior se escudaba en el plasma para rehuir a la prensa, el actual hace mutis por el foro y se despacha con cualquier sandez, impropia de un gobernante de un país serio. Claro que lo de serio es mucho decir.

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Por si el cúmulo de despropósitos no fuera suficiente, el gobierno a la deriva sustituye a los que obran de titulares, para encargarle los recados al líder de un partido populista de extrema izquierda, que más que arreglar, pone en peligro la estabilidad del conjunto de los españoles y la propia democracia, dando una imagen lamentable en el exterior. España no está segura si los encargados de defenderla se muestran contra ella. De defenderla con ardor se encargan nuestros militares, dentro y fuera de nuestras fronteras, aunque no tienen tarea fácil si los que mandan se pasan por el arco del triunfo la Constitución y las normas más elementales del Estado de Derecho, pactan con separatistas y toda clase de chusma que se declara abiertamente enemiga de España. Es penoso ver salir de la cárcel, aunque sea jaula de oro, a un representante político, que viene de pedir el favor a un preso, para que se avenga a apoyar unos presupuestos que tienen que ver con el bienestar de todos los españoles. Es de vergüenza total y absoluta, que sean los enemigos de España los que tienen la sartén por el mango para decidir que cosa tiene que hacer el gobierno y cual no.

No voy a negar que tenía mis esperanzas puestas en un gobierno de tecnócratas que nos sacara del atolladero de corrupción en que nos tenía sumido el Partido Popular, y pusiera algo de cordura entre tanta indecencia. Quizá por eso es mayor la decepción y me muestre más incisivo con lo que debería haber sido un camino de rosas hasta la convocatoria de elecciones. Pero lejos de ello, la realidad supera todas las expectativas e ilusiones en aras de un buen gobierno y nos deja esta deriva parlamentaria, donde nada es lo que parece.

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Entretanto, los populistas, separatistas, terroristas y demás calaña, se frotan las manos viendo como el gobierno hace aguas. Cómo los españoles nos resignamos a perder identidad nacional, porque los que manejan el cotarro son los enemigos del Estado. Los mismos que van a permitir que injuriar al Rey y a las Instituciones del Estado salga gratis. Los mismos que mancillan un día si y otro también la Historia de España, a la que dan una vuelta de calcetín según convenga a los intereses de unos pocos.

Este gobierno a la deriva no va a convocar elecciones hasta que sea demasiado tarde. Hasta que las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos no empiecen a cambiar de manos y le vean las orejas al lobo. Hasta que la democracia no se tambalee, con tantos como la empujan, de un lado y de otro. Entretanto, la prevaricación, el abuso de poder, el tráfico de influencias, el cohecho y la malversación de fondos públicos están a la orden del día, mires por el lado que mires, y sólo algunos programas de televisión son capaces de denunciarlo con pelos y señales, aunque con el sistema judicial que los propios corruptos ponen en funcionamiento, nunca puede llegar a nada el esclarecimiento de los hechos. Háganme caso y aprendan a nadar, que con un gobierno a la deriva cualquier cosa es posible.

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El fracaso del gobierno bonito

A veces sucede, con demasiada frecuencia, que es peor el remedio que la enfermedad. Sucede en todos los órdenes de la vida, y viene aparejado por las prisas con que se conciben las cosas que consideramos importantes. Poner remedio a algo que está finito es una perdida de tiempo y esfuerzo, pero los humanos nos empeñamos en ponerle parches a todo, en la esperanza de que algo se pueda salvar, aunque el desenlace nos arrastre irremediablemente.

Algo así le está sucediendo a este gobierno, al que algunos hemos bautizado como el gobierno bonito. Y es que en el afán de Pedro Sánchez por eclipsar a Mariano Rajoy, con un cartel de caras famosas, ha faltado seriedad, rigor profesional y experiencia, mucha experiencia. Y la falta de experiencia, en política, lleva apareja una debilidad endémica que aboca al fracaso más absoluto.

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Urgía presentar ante la opinión pública un cartel de profesionales. Profesionales de cada uno en los suyo, pero ninguno proveniente de la clase política, que es donde verdaderamente se cuecen las cosas importantes. Un plantel de caras bonitas y trayectoria mediática, que llegados al gobierno se han quedado cortos en recursos personales y argumentos. Porque la vida profesional y la política, no se llevan bien. Es por eso por lo que, a la mayoría de los políticos no se les conoce otro trabajo que el de sentarse en los escaños del parlamento, bien prestando atención o echando una cabezadita, que de todo hay en la viña del Señor.

Las prisas por darle a la opinión pública un gobierno bonito, hizo que Sánchez rebuscara en el famoseo de la justicia y la farándula a protagonistas de las páginas de los periódicos, sin averiguar el pasado de cada uno, ni las opiniones particulares que pudieran haber expresado en un determinado momento, y quien pudiera tener constancia de ello. Así las cosas, en menos de seis días tuvo que dimitir un ministro, en un poco más, quedar en entredicho otros dos. Uno de ellos, por cesar al máximo exponente en la lucha contra la corrupción en España. Dando a entender a la opinión pública que detrás de esa medida estaba justificar la corrupción que atesora el PSOE en Andalucía, y satisfacer a sus socios filoetarras.

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Desde entonces, todo ha sido un descalabro detrás de otro. Currículos falsos, que se saldan con la dimisión de otra ministra, una tesis que no es tal y que implica al propio presidente del gobierno, y para colmo de todos los males, unas grabaciones homófobas que dejan en pésimo lugar a la ministra de justicia. Y es que parece mentira que gente de este calibre se siente en una mesa a despotricar, a diestro y siniestro, como si no hubiera mañana, en la certeza de que nadie les está grabando. Algo tan elemental cuando intervienen gentes que tienen cosas que contar, tan de manual, que parece de Perogrullo.

Este gobierno no da más de sí. Se cae estrepitosamente, sentencian los barones socialistas, sabedores de que cuánto más aguante Pedro Sánchez, peor les va a ir a ellos en las elecciones del año que viene. Cada día se abre un capítulo nuevo, una nueva negligencia, un traspiés, una mala decisión. Como la de regalar alegremente a Cataluña millones de euros, con la que está cayendo, para premiar económicamente la deslealtad de la “policía” autonómica, en clara afrenta y despropósito hacia la Policía Nacional y la Guardia Civil, que son los que mantienen el orden constitucional en precarias e insalubres condiciones.

Casi todo el mundo nos alegramos de la salida del gobierno de Mariano Rajoy. Entre otras cosas porque no se puede gobernar tan malamente como lo hizo ese señor. Pero la esperanza de los españoles residía en un gobierno que fuese capaz de afrontar los retos que se le ponían delante y no vacilar a la hora de conseguirlos. Pero en lugar de ello, asistimos al fracaso del gobierno bonito, del gobierno de tránsito hacia ninguna parte. Un gobierno que pierde el tiempo y, no lo hace perder a todos, sin conseguir ninguna resolución positiva, en precario, y camino de la dispersión de sus votantes hacia otras formaciones, con el perjuicio que eso conlleva.

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La solución pactada, o de lo que ningún medio habla

Las prisas no son buenas consejeras, y menos cuando se trata de la política. Pero cuando los acontecimientos se precipitan no cabe más remedio que actuar con mucha celeridad, aunque ello pueda perjudicar, a posteriori, el mal que hemos tratado de evitar.

La moción de censura a Mariano Rajoy fue uno de esos momentos precipitados por los acontecimientos que se estaban viviendo. Cualquiera, medianamente informado, sabía que la corrupción dentro del Partido Popular acabaría con el mandato de Rajoy y su salida del gobierno. Pero era necesario pactar una salida consensuada. Una salida que dejase un nuevo gobierno capaz de afrontar los retos establecidos con la UE, el crecimiento interno y el mantenimiento de los secretos de Estado.

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Días previos a la moción de censura, se mantuvieron encuentros al más alto nivel, entre los representantes del Partido Popular y del Partido Socialista. El motivo de estos encuentros no era otro que el de definir la estrategia a seguir en la sucesión de Rajoy. Ya que mientras dentro de las filas del PP se perfilaba la idea de una dimisión del presidente, y la convocatoria de elecciones, por parte del PSOE se buscaba el consenso con los partidos nacionalistas y Podemos, para evitar llegar a unos comicios donde las expectativas de triunfo de Ciudadanos, podría dar al traste con la solución pactada.

Tanto unos como otros, temían las encuestas que daban ganador, con mayoría holgada a Ciudadanos, y que la llegada del partido naranja al poder acabase con los privilegios que se habían otorgado PP y PSOE desde el inicio de la democracia. También, que no estaban dispuestos a compartir los más altos secretos de Estado, con unos advenedizos que, en ningún caso, tenían la sólida formación y estructura, como para formar un gobierno, con todo lo que ello conlleva, y que fuese peor el remedio que la enfermedad.

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Así las cosas, se perfiló una solución pactada, para evitar que alguien fuera del bipartidismo pudiera arrebatarles el poder. Se llegó al acuerdo de presentar una moción de censura, donde la pinza de los partidos de izquierda y los nacionalistas, auparía a Pedro Sánchez a la Moncloa, arrebatándole el puesto a Albert Rivera, casi con toda seguridad, de haber sido justos y celebrado elecciones.

Esta decisión no fue bien recibida dentro de un amplio sector del Partido Popular, que dividió su aparato interno, y puso a cara de perro a más de un dirigente. Tampoco entre los barones del PSOE, que veían la medida demasiado precipitada y un riesgo latente para conservar sus “feudos” en el futuro.

De aquellas prisas, hemos visto un gobierno mal formado. Un gobierno de parches y remiendos, donde se han buscado perfiles populares sin bagaje ni experiencia política. Un gobierno de mínimos, que pretende alcanzar máximos, inflando y falseando currículos, afirmando y negando, a la vez, la misma cosa. De donde dije digo, digo Diego. Un gobierno sin preámbulos, que hace política a salto de mata, según le vayan soplando de un lado y de otro.

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Probablemente, de haberse celebrado elecciones, estaríamos hablando de lo mismo, y el partido naranja se encontrase en la misma tesitura que lo hace el PSOE, con la salvedad de que los de Ciudadanos no tienen Comunidades Autónomas ni ayuntamientos que proteger y gobernar. Y es más que probable, que el deterioro de este desgobierno de Pedro Sánchez, pase factura en aquellos territorios donde el PSOE se ve forzado a gobernar mediante pactos.

A mi juicio, por este y otros motivos, Mariano Rajoy ha sido el peor presidente de la historia de España, desde el principio hasta el final. Un político lleno de complejos y desatinos que ha llevado a España a sus horas más negras, y que ha dejado manga por hombro el equilibrio entre españoles, y en manos de unos aprendices el gobierno de la nación.

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