El fracaso del gobierno bonito

A veces sucede, con demasiada frecuencia, que es peor el remedio que la enfermedad. Sucede en todos los órdenes de la vida, y viene aparejado por las prisas con que se conciben las cosas que consideramos importantes. Poner remedio a algo que está finito es una perdida de tiempo y esfuerzo, pero los humanos nos empeñamos en ponerle parches a todo, en la esperanza de que algo se pueda salvar, aunque el desenlace nos arrastre irremediablemente.

Algo así le está sucediendo a este gobierno, al que algunos hemos bautizado como el gobierno bonito. Y es que en el afán de Pedro Sánchez por eclipsar a Mariano Rajoy, con un cartel de caras famosas, ha faltado seriedad, rigor profesional y experiencia, mucha experiencia. Y la falta de experiencia, en política, lleva apareja una debilidad endémica que aboca al fracaso más absoluto.

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Urgía presentar ante la opinión pública un cartel de profesionales. Profesionales de cada uno en los suyo, pero ninguno proveniente de la clase política, que es donde verdaderamente se cuecen las cosas importantes. Un plantel de caras bonitas y trayectoria mediática, que llegados al gobierno se han quedado cortos en recursos personales y argumentos. Porque la vida profesional y la política, no se llevan bien. Es por eso por lo que, a la mayoría de los políticos no se les conoce otro trabajo que el de sentarse en los escaños del parlamento, bien prestando atención o echando una cabezadita, que de todo hay en la viña del Señor.

Las prisas por darle a la opinión pública un gobierno bonito, hizo que Sánchez rebuscara en el famoseo de la justicia y la farándula a protagonistas de las páginas de los periódicos, sin averiguar el pasado de cada uno, ni las opiniones particulares que pudieran haber expresado en un determinado momento, y quien pudiera tener constancia de ello. Así las cosas, en menos de seis días tuvo que dimitir un ministro, en un poco más, quedar en entredicho otros dos. Uno de ellos, por cesar al máximo exponente en la lucha contra la corrupción en España. Dando a entender a la opinión pública que detrás de esa medida estaba justificar la corrupción que atesora el PSOE en Andalucía, y satisfacer a sus socios filoetarras.

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Desde entonces, todo ha sido un descalabro detrás de otro. Currículos falsos, que se saldan con la dimisión de otra ministra, una tesis que no es tal y que implica al propio presidente del gobierno, y para colmo de todos los males, unas grabaciones homófobas que dejan en pésimo lugar a la ministra de justicia. Y es que parece mentira que gente de este calibre se siente en una mesa a despotricar, a diestro y siniestro, como si no hubiera mañana, en la certeza de que nadie les está grabando. Algo tan elemental cuando intervienen gentes que tienen cosas que contar, tan de manual, que parece de Perogrullo.

Este gobierno no da más de sí. Se cae estrepitosamente, sentencian los barones socialistas, sabedores de que cuánto más aguante Pedro Sánchez, peor les va a ir a ellos en las elecciones del año que viene. Cada día se abre un capítulo nuevo, una nueva negligencia, un traspiés, una mala decisión. Como la de regalar alegremente a Cataluña millones de euros, con la que está cayendo, para premiar económicamente la deslealtad de la “policía” autonómica, en clara afrenta y despropósito hacia la Policía Nacional y la Guardia Civil, que son los que mantienen el orden constitucional en precarias e insalubres condiciones.

Casi todo el mundo nos alegramos de la salida del gobierno de Mariano Rajoy. Entre otras cosas porque no se puede gobernar tan malamente como lo hizo ese señor. Pero la esperanza de los españoles residía en un gobierno que fuese capaz de afrontar los retos que se le ponían delante y no vacilar a la hora de conseguirlos. Pero en lugar de ello, asistimos al fracaso del gobierno bonito, del gobierno de tránsito hacia ninguna parte. Un gobierno que pierde el tiempo y, no lo hace perder a todos, sin conseguir ninguna resolución positiva, en precario, y camino de la dispersión de sus votantes hacia otras formaciones, con el perjuicio que eso conlleva.

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La solución pactada, o de lo que ningún medio habla

Las prisas no son buenas consejeras, y menos cuando se trata de la política. Pero cuando los acontecimientos se precipitan no cabe más remedio que actuar con mucha celeridad, aunque ello pueda perjudicar, a posteriori, el mal que hemos tratado de evitar.

La moción de censura a Mariano Rajoy fue uno de esos momentos precipitados por los acontecimientos que se estaban viviendo. Cualquiera, medianamente informado, sabía que la corrupción dentro del Partido Popular acabaría con el mandato de Rajoy y su salida del gobierno. Pero era necesario pactar una salida consensuada. Una salida que dejase un nuevo gobierno capaz de afrontar los retos establecidos con la UE, el crecimiento interno y el mantenimiento de los secretos de Estado.

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Días previos a la moción de censura, se mantuvieron encuentros al más alto nivel, entre los representantes del Partido Popular y del Partido Socialista. El motivo de estos encuentros no era otro que el de definir la estrategia a seguir en la sucesión de Rajoy. Ya que mientras dentro de las filas del PP se perfilaba la idea de una dimisión del presidente, y la convocatoria de elecciones, por parte del PSOE se buscaba el consenso con los partidos nacionalistas y Podemos, para evitar llegar a unos comicios donde las expectativas de triunfo de Ciudadanos, podría dar al traste con la solución pactada.

Tanto unos como otros, temían las encuestas que daban ganador, con mayoría holgada a Ciudadanos, y que la llegada del partido naranja al poder acabase con los privilegios que se habían otorgado PP y PSOE desde el inicio de la democracia. También, que no estaban dispuestos a compartir los más altos secretos de Estado, con unos advenedizos que, en ningún caso, tenían la sólida formación y estructura, como para formar un gobierno, con todo lo que ello conlleva, y que fuese peor el remedio que la enfermedad.

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Así las cosas, se perfiló una solución pactada, para evitar que alguien fuera del bipartidismo pudiera arrebatarles el poder. Se llegó al acuerdo de presentar una moción de censura, donde la pinza de los partidos de izquierda y los nacionalistas, auparía a Pedro Sánchez a la Moncloa, arrebatándole el puesto a Albert Rivera, casi con toda seguridad, de haber sido justos y celebrado elecciones.

Esta decisión no fue bien recibida dentro de un amplio sector del Partido Popular, que dividió su aparato interno, y puso a cara de perro a más de un dirigente. Tampoco entre los barones del PSOE, que veían la medida demasiado precipitada y un riesgo latente para conservar sus “feudos” en el futuro.

De aquellas prisas, hemos visto un gobierno mal formado. Un gobierno de parches y remiendos, donde se han buscado perfiles populares sin bagaje ni experiencia política. Un gobierno de mínimos, que pretende alcanzar máximos, inflando y falseando currículos, afirmando y negando, a la vez, la misma cosa. De donde dije digo, digo Diego. Un gobierno sin preámbulos, que hace política a salto de mata, según le vayan soplando de un lado y de otro.

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Probablemente, de haberse celebrado elecciones, estaríamos hablando de lo mismo, y el partido naranja se encontrase en la misma tesitura que lo hace el PSOE, con la salvedad de que los de Ciudadanos no tienen Comunidades Autónomas ni ayuntamientos que proteger y gobernar. Y es más que probable, que el deterioro de este desgobierno de Pedro Sánchez, pase factura en aquellos territorios donde el PSOE se ve forzado a gobernar mediante pactos.

A mi juicio, por este y otros motivos, Mariano Rajoy ha sido el peor presidente de la historia de España, desde el principio hasta el final. Un político lleno de complejos y desatinos que ha llevado a España a sus horas más negras, y que ha dejado manga por hombro el equilibrio entre españoles, y en manos de unos aprendices el gobierno de la nación.

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Terrorismo político

El terrorismo, del que tanto sabemos en España, desgraciadamente, no siempre tiene que ver con la acción de matar, con el resultado trágico de un determinado acto sangriento. El terrorismo, como nos indica el diccionario, en sus dos acepciones, es la forma violenta de lucha política, mediante la cual se persigue la destrucción del orden establecido o la creación de un clima de terror e inseguridad susceptible de intimidar a los adversarios o a la población en general. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror. Si nos atenemos a tal definición, aún estamos lejos en España de hablar de ausencia de actividades terroristas. Aunque el cese de la violencia de ETA mediante asesinatos cobardes por doquier nos haya dado un respiro, no ocurre lo mismo con el terrorismo político que se sigue ejerciendo en las comunidades separatistas de vascongadas y Cataluña.

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Puede que el momento político que se vive en España, donde hay un gobierno que es rehén de los nacionalistas, y unos medios de comunicación subvencionados o pertenecientes a los mismos, no inspire el sentimiento de que seguimos viviendo en un estado de terror. Pero la realidad palpable de las comunidades en conflicto, es que hay un movimiento terrorista, amparado por los secesionistas que persigue la intimidación e inseguridad de los que no piensan como ellos.

En Cataluña y el País Vasco no hay libertad de expresión, ni siquiera hay libertad física si te muestras partidario de la Constitución Española y del orden establecido en ella. Ser español en esas comunidades autónomas es ponerte en el punto de mira de una hipotética pistola, que más de alguno empuñaría con ganas para hacer prevalecer sus ideas. Unas ideas fascistas, propias de matones, de pistoleros a sueldo de los totalitarios.

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Los medios de comunicación, los partidos políticos, que viven de las subvenciones de todos los españoles, incluso los propios gobiernos, según en qué y cuántos intereses, son cómplices y participes en distintos grados del apoyo a los terroristas políticos que hay en España. Nadie piense que las organizaciones de la coacción y el lazo amarillo se sufragan por sí solas. Nadie piense que el terrorismo de ETA acaba en un comunicado y no es extrapolable a los agravios a las víctimas y vítores a los verdugos. Nadie piense que no hay detrás dinero público para mantener a una panda de descerebrados con el aro en la oreja y el flequillo cortado a zapaterrón que agreden gratuitamente a guardias civiles. Detrás de cada una de las acciones terroristas que ejecutan estos individuos hay una financiación directa o indirecta del gobierno español de turno, o sea, que nosotros somos, a través de nuestros esforzados servidores públicos, los que pagamos con nuestros impuestos el mal que nos infringen.

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El terrorismo político no acaba con una declaración de buenas intenciones. El terrorismo, en cualquiera de sus acepciones, termina cuando se acatan las leyes que conforman un estado de derecho. Pero también cuando se imponen los derechos colectivos por la fuerza de la Ley, sin claudicar ante quienes la quebrantan y mucho menos dándole los medios necesarios para que sigan ejerciéndola.

En España estamos igual de acostumbrados al terrorismo político como a la corrupción, pues muchas veces una cosa lleva a la otra. Terrorismo también es pedir dinero al Estado con el chantaje de ejercer la violencia si no se otorga. Algo que históricamente ha pasado con las dos comunidades más favorecidas del Estado Español, en detrimento de las que han permanecido sumisas y conforme a la Ley. Pero todo tiene un punto final, y el terrorismo político, como este artículo, deben ir concluyendo.

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Empezar de cero

Tras la victoria de Pablo Casado para convertirse en el presidente del Partido Popular, en un reñido Congreso Extraordinario, que ha dado al traste con las expectativas de muchos, y ha dejado encumbrados a políticos desconocidos, llega la hora de analizar y pormenorizar la situación en que se encuentra ideológicamente el principal partido político de España, asumir errores internos, definirse, sin ambages, ante el electorado afín y el que se fue, dando un portazo en la cara de memo de Mariano Rajoy. En definitiva, empezar de cero.

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Para empezar de cero hay que hacerlo sin nombrar al memo, sin dar pábulo a los que han perdido el sillón después de tantos años tocándose las narices y llevándoselo crudo, y que están que trinan. ¡Se jodan! Que diría Forges. Hay que empezar apartando parásitos, con discreción y elegancia, poniendo sabia nueva en su lugar, como se hace con un injerto.

El Partido Popular es único en su franja ideológica, pero ha estado ausente y perdido en los momentos más transcendentales de la historia reciente. Ha dado la espalda a su electorado y, no sólo eso, sino que ha renegado y mancillado el nombre de los que en un determinado momento se marcharon hartos de tanta corrupción y pasividad de la cúpula dedocrática.

Pablo Casado es el inicio de una nueva etapa. El ave fénix de las gaviotas peperas. El resurgir de un partido moderno que representa los principios e intereses de una generación de jóvenes ilusionados, sin momias ni intrigantes. Un Partido Popular que debe girar hacia donde le exijan sus militantes, sin complejos ni resúmenes timoratos. Con decisión y firmeza ante los retos que imponen, cada día, los enemigos de España.

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Pero empezar de cero significa pasar página. Esa es la rueda de molino en la que se enredan casi todos los gobernantes. En que nunca se empieza de cero definitivamente, sino que por agradecer servicios prestados y apoyos coyunturales, se vuelve a poner en primera fila a personas y personajes muy cuestionados en anteriores etapas, y esto vale para todos los partidos sin excepción.

No voy a negar que a estas alturas de la película ya no me fío de nadie, y si tuviera que hacerlo nunca lo haría de un político. Sin embargo, creo sinceramente que Pablo Casado es un hombre de fiar. Que tiene palabra y es de los que la cumplen, a pesar de ser político. Veremos si la compostura que le acompaña puede transmitirla a los que, a partir de ahora, vayan a ser sus hombres y mujeres en la responsabilidad de lograr un gobierno para España, donde nadie se avergüence de ser español, donde los valores democráticos y los de sentido común afloren, y se recupere el entusiasmo entre los que lo habían perdido.

LOS CANDIDATOS A LA PRESIDENCIA DEL PP ENTREGAN SUS AVALES EN GENOVA

El espacio que ocupa el Partido Popular en la política española no lo puede ocupar ningún otro partido, hay que ser así de claros. Pero igualmente, no cabe equivocarse en el discurso, ni andarse con rodeos. No son buenos tiempos para la lírica, ni para casi nada, y a menos que se actúe con rotundidad y firmeza, toda la caterva de energúmenos que se han metido a políticos por su desprecio a España y a todo lo español, se saldrán con la suya y éste país tan complejo y hermoso puede convertirse en la casa de tócame roque.

La tibieza y la desidia no son buenas compañeras para empezar de cero. Pablo Casado nos ofrece muchos titulares, a los que nos dedicamos a esto. Pero lo verdaderamente importante es que nos ofrezca una regeneración total de la vida política española, tan sectaria, corrupta y desleal como siempre.

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Cortinas de humo

Si en mi anterior artículo de opinión hablaba sobre la “manipulación social”, hoy quiero opinar sobre uno de los efectos que suele tener dicha manipulación, y que no es otro que el de crear una cortina de humo para ofrecer a la opinión pública una distracción o motivo de controversia, para tapar o desviar una noticia de alcance.

Las cortinas de humo son tan antiguas como la historia. Se utilizaban antiguamente para ocultar a los cazadores de la pieza que iba a ser cazada. También han tenido un papel fundamental en los ataques bélicos, como ocultación de tropas en un avance inminente o una retirada satisfactoria.

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En política, las cortinas de humo se utilizan para entretener a la opinión pública con temas banales, prensa amarilla, noticias de impacto, para que nadie tenga tiempo de reflexionar sobre asuntos de calado que podrían dejar en mala situación al partido de turno. Las cortinas de humo no son patrimonio del partido que gobierna. Todos, sin excepción, utilizan este tipo de artimañas para pasar de puntillas por temas candentes y entretener al personal con “pan y circo”, como hicieran los antiguos romanos.

Todo aquello que sirva para evitar que la gente sepa o vea lo importante, constituye una cortina de humo. De esa manera se disimula la verdad de forma intencionada. Lo que constituye un grado más de manipulación social, ya que sería impensable que los partidos políticos pudieran tejer una cortina de humo en las mismas narices de los ciudadanos sin el beneplácito de los medios de comunicación que los amparan.

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Históricamente han sido los partidos de izquierda los que más han utilizado este tipo de artimaña. No es que exista una vinculación específica de la izquierda que tenga que ver con manipular al pueblo, pero si que es cierto que fue una estrategia utilizada por los gobiernos totalitarios de Europa del este, que ha perdurado en la actualidad.

No es casualidad que salgan ahora noticias que solapen los contubernios del gobierno de Pedro Sánchez, con los independentistas catalanes y vascos. No es casualidad que los medios de comunicación rescaten de la hemeroteca viejas y desusadas noticias, que en su día, fueron de alcance. No es casualidad que la izquierda radical quiera hacerse con el control de TVE, al igual que ya controla otros medios de comunicación. Como no es casualidad que el magnate de las finanzas; George Soros, esté detrás de las campañas independentistas.

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Las cosas nunca suceden por sí solas. Nada es relativamente fortuito. Todo tiene su cómo y su por qué. Por eso las cortinas de humo son tan importantes para difuminar la realidad, para confundir al personal y poner verdad donde hay una mentira, mientras la noticia de alcance pasa de puntillas. A nadie le interesa los miles de millones que nos va a costar contentar a los de los lazos amarillos. A nadie le interesa que la RAE se tire de los pelos por los despropósitos de un gobierno de paletos indocumentados, al menos en lo cultural.

Probablemente lo único que tengan bueno las cortinas de humo es que sirven para hacernos más ignorantes. Para no ver la realidad que tenemos delante. Para ocultar las barbaridades que comenten los seguidores del tío de la zeja; sí con z, y para mantenernos alejados de la caterva de políticos que se reparten el poder y los dineros, que eso es más doliente, mientras al incauto ciudadano lo enganchan a las tertulias del corazón o a los debates manipulados de la televisión sectaria y partidista.

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Manipulación social

La comunicación es una de las realidades más complejas a la que se enfrenta una sociedad moderna. Es imposible concebir una sociedad como la nuestra sin unas buenas fuentes de información, hasta el punto de que se considera en los primeros puestos de la dinámica social, en buena parte por la aparición de las redes sociales, que no por ser de carácter individual permanecen ajenas a la manipulación.

Nada es tan maleable a la información, con sus pros y sus contras, como la opinión pública. Diríase, que a mayor grado de información, peor informados estamos. Los centros de control y producción de la información tienen un poder sublime sobre los ciudadanos. Y con la influencia y el control viene aparejada, inevitablemente, la manipulación social.

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A cualquier observador de la realidad cotidiana, no le pasará desapercibido el interés partidista sobre las noticias que son actualidad y el buen o mal uso que de ellas se hace, en base a la obtención de unos fines concretos. Los medios de comunicación social han invadido de una manera alarmante la vida social y personal de los usuarios de la información. Y de ello, se aprovechan para destacar en un sentido u otro las conveniencias políticas de los grupos de poder, que compran a las grandes cadenas informativas, para que dejen de hacer periodismo clásico y ejerzan de voceros de una realidad paralela según que intereses convengan.

A mayor grado de información, mayor es la exposición al sectarismo y la manipulación. No es extraño, por tanto, que las luchas de poder se realicen en escenarios teatralizados, y que el control de los medios de comunicación suponga el primer encontronazo entre quienes pretenden llevar a cabo acciones de gobierno o de oposición, en la seguridad de que la información es poder.

Y si la información es poder, la información manipulada lo es aún más. Lo hemos visto en caída de gobiernos. En subida a las alturas y descenso a los infiernos de numerosos personajes, según el interés del momento. Lo vemos a diario con sintonizar los canales de televisión de la parrilla informativa, o visualizar las principales cabeceras y editoriales de la prensa escrita.

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Cada medio trata la misma noticia según le vaya a ir en su cuenta de resultados. Y para ello, no escatima recursos: contrata tertulianos con gran poder de decisión sobre determinadas cuestiones, técnicos en economía, política o crónica social, según para donde se quiera inclinar la balanza de la manipulación social, para hacer una mentira verdad a fuerza de repetirla.

Los medios de comunicación tienden a simplificar o magnificar las noticias según los porcentajes del rating. Que no es otra cosa que el indicador de audiencia que se produce por la exposición continuada a una determinada noticia. Esa noticia que nos meten con calzador y que resulta imposible sacar de nuestra cabeza, y que repetida machaconamente nos hace tomar partido, aún sin quererlo, por una determinada cuestión.

Aunque una sociedad haya alcanzado un alto grado de educación, la mayor parte de la población no está preparada para seguir unos análisis de alto nivel informativo. Y esa desinformación permite que puedan ser perfectamente maleables a lo que se les quiera transmitir, haciendo de una sociedad saturada de información la más desinformada de todas. Toleramos o castigamos los mayores dramas colectivos según los intereses económicos de los medios de comunicación, sin importarnos la verdad, la justicia o el honor de las personas.

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A perro flaco todo son pulgas

No hay nada más maleable que una sociedad desinformada. Una sociedad que, a estas alturas, se comporta como nuestros antepasados más lejanos, y obra sin orden ni concierto. Porque los españoles, seamos de donde seamos, y tengamos las etiquetas que cada uno se quiera poner, no dejamos de ser ancestrales, viscerales e intrínsecamente latinos. Los españoles somos antiespañoles por definición, nos gusta y nos disgusta lo mismo, a partes iguales. Somos cada uno de su padre y de su madre, y miramos por encima del hombro al de otra región según sea su renta per capita.

Dicho esto, y en mi ánimo no estaba escribir sobre la situación actual, quiero constatar que el problema que subyace en la brecha abierta entre españoles catalanes, y españoles de otros lugares, no deja de ser el mismo problema: que somos españoles. Así lo aseveró Unamuno en los albores de la guerra civil, cuando fue preguntado por lo que ocurría en España, ante el éxodo masivo de desplazados que cruzaba la frontera “El problema de España es que está llena de españoles”.

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Digo lo de la desinformación, porque a un ciudadano medianamente informado, no se le escapa de que el origen de toda esta discordia tiene que ver con la implantación de una república y echar a Felipe VI del trono. Aquí no hay problema catalán, ni vasco, ni de Bollullos del Condado. Aquí lo que hay es una unión de todos los partidos de izquierdas y sus satélites, para cargarse la Constitución, la Monarquía, y todo lo que no sea una España de perico de los palotes. Es por eso que han elegido Cataluña como chivo expiatorio, por tenerlo fácil, y aprovechado la debilidad de un gobierno en minoría y un presidente inepto, para atacar las bases fundamentales del Estado de Derecho.

No voy a ser tan necio de sentenciar que los anticapitalistas y sus colegas de Podemos tienen la culpa de todo, como tampoco la tiene Puigdemont, aunque me lluevan las críticas. La culpa de todo lo que está pasando la tiene Mariano Rajoy, el Partido Popular, y la caterva de asesores que no han previsto con antelación la que se les venía encima. O puede que si lo preveyeran, pero al gobernar en minoría, le ocurre como al perro flaco; que todo son pulgas.

La pantomima de Cataluña era una película anunciada en cinemascope y a todo color, por activa y por pasiva. Un despropósito sobre el que los interesados han trabajado denodadamente, como corresponde al que delinque, al que hace el butrón, mientras el gobierno y su presidente Rajoy, incluso los asesores millonarios y la Casa Real, han estado a verlas venir. Un despropósito que les ha estallado en toda la cara, y sobre el que no han sabido reaccionar con inteligencia.

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Cualquier español que sea preguntado en una encuesta dirá lo mismo que yo. Cualquier ciudadano sabía lo que se nos avecinaba y el remedio para corregirlo. Sobretodo, después de ningunear al Tribunal Constitucional, al propio Estado y, por supuesto, al gobierno. Porque no hay que ser un lumbreras para admitir que los independentistas iban a por todos, jaleados por los antisistema y todos aquellos que tiran la piedra y esconden la mano. Los que abrazan a los terroristas y vitorean a Maduro, mientras se ríen de nuestra débil y fracturada democracia.

La respuesta de Rajoy al desafío soberanista, ha sido tan desproporcionada como tardía. Ha sido previsible, y de ello se han aprovechado todos, patética hasta decir basta, poniendo en peligro la seguridad y la imagen de nuestras fuerzas del orden, y la de los propios ciudadanos, por caer en una trampa infantil que hasta el español más elemental veía venir. Se han querido matar las moscas a cañonazos, algo muy español, y total para qué, para que todo quede en agua de borrajas, y si te he visto no me acuerdo.

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Los independentistas seguirán forzando la maquinaria en Cataluña, después en el País Vasco y hasta en El Bonillo, que también es una nación, mientras al perro flaco se lo comen las pulgas y la desidia, lo alejan a patadas sus adversarios, y es despreciado por la sociedad.

Mariano Rajoy pasará a la historia por ser le presidente que menos ha hecho, pudiendo hacer más. Pasará a la historia como el líder de la corrupción política. Una corrupción que le incapacita para actuar contra otros corruptos. Mientras, los enemigos de España, de la Monarquía y del orden constitucional, se frotan las manos viendo el esperpento internacional que ha provocado. El daño ya está hecho y es irreparable. La sociedad española y, por ende, la catalana, está fracturada. Una fractura que no se puede corregir con el artículo 155 ni con ningún otro, porque el daño causado es tan grande y desproporcionado que no se puede afrontar con otro mayor.

 

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