Empezar de cero

Tras la victoria de Pablo Casado para convertirse en el presidente del Partido Popular, en un reñido Congreso Extraordinario, que ha dado al traste con las expectativas de muchos, y ha dejado encumbrados a políticos desconocidos, llega la hora de analizar y pormenorizar la situación en que se encuentra ideológicamente el principal partido político de España, asumir errores internos, definirse, sin ambages, ante el electorado afín y el que se fue, dando un portazo en la cara de memo de Mariano Rajoy. En definitiva, empezar de cero.

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Para empezar de cero hay que hacerlo sin nombrar al memo, sin dar pábulo a los que han perdido el sillón después de tantos años tocándose las narices y llevándoselo crudo, y que están que trinan. ¡Se jodan! Que diría Forges. Hay que empezar apartando parásitos, con discreción y elegancia, poniendo sabia nueva en su lugar, como se hace con un injerto.

El Partido Popular es único en su franja ideológica, pero ha estado ausente y perdido en los momentos más transcendentales de la historia reciente. Ha dado la espalda a su electorado y, no sólo eso, sino que ha renegado y mancillado el nombre de los que en un determinado momento se marcharon hartos de tanta corrupción y pasividad de la cúpula dedocrática.

Pablo Casado es el inicio de una nueva etapa. El ave fénix de las gaviotas peperas. El resurgir de un partido moderno que representa los principios e intereses de una generación de jóvenes ilusionados, sin momias ni intrigantes. Un Partido Popular que debe girar hacia donde le exijan sus militantes, sin complejos ni resúmenes timoratos. Con decisión y firmeza ante los retos que imponen, cada día, los enemigos de España.

XVIII CONGRESO NACIONAL DEL PP

Pero empezar de cero significa pasar página. Esa es la rueda de molino en la que se enredan casi todos los gobernantes. En que nunca se empieza de cero definitivamente, sino que por agradecer servicios prestados y apoyos coyunturales, se vuelve a poner en primera fila a personas y personajes muy cuestionados en anteriores etapas, y esto vale para todos los partidos sin excepción.

No voy a negar que a estas alturas de la película ya no me fío de nadie, y si tuviera que hacerlo nunca lo haría de un político. Sin embargo, creo sinceramente que Pablo Casado es un hombre de fiar. Que tiene palabra y es de los que la cumplen, a pesar de ser político. Veremos si la compostura que le acompaña puede transmitirla a los que, a partir de ahora, vayan a ser sus hombres y mujeres en la responsabilidad de lograr un gobierno para España, donde nadie se avergüence de ser español, donde los valores democráticos y los de sentido común afloren, y se recupere el entusiasmo entre los que lo habían perdido.

LOS CANDIDATOS A LA PRESIDENCIA DEL PP ENTREGAN SUS AVALES EN GENOVA

El espacio que ocupa el Partido Popular en la política española no lo puede ocupar ningún otro partido, hay que ser así de claros. Pero igualmente, no cabe equivocarse en el discurso, ni andarse con rodeos. No son buenos tiempos para la lírica, ni para casi nada, y a menos que se actúe con rotundidad y firmeza, toda la caterva de energúmenos que se han metido a políticos por su desprecio a España y a todo lo español, se saldrán con la suya y éste país tan complejo y hermoso puede convertirse en la casa de tócame roque.

La tibieza y la desidia no son buenas compañeras para empezar de cero. Pablo Casado nos ofrece muchos titulares, a los que nos dedicamos a esto. Pero lo verdaderamente importante es que nos ofrezca una regeneración total de la vida política española, tan sectaria, corrupta y desleal como siempre.

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Cortinas de humo

Si en mi anterior artículo de opinión hablaba sobre la “manipulación social”, hoy quiero opinar sobre uno de los efectos que suele tener dicha manipulación, y que no es otro que el de crear una cortina de humo para ofrecer a la opinión pública una distracción o motivo de controversia, para tapar o desviar una noticia de alcance.

Las cortinas de humo son tan antiguas como la historia. Se utilizaban antiguamente para ocultar a los cazadores de la pieza que iba a ser cazada. También han tenido un papel fundamental en los ataques bélicos, como ocultación de tropas en un avance inminente o una retirada satisfactoria.

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En política, las cortinas de humo se utilizan para entretener a la opinión pública con temas banales, prensa amarilla, noticias de impacto, para que nadie tenga tiempo de reflexionar sobre asuntos de calado que podrían dejar en mala situación al partido de turno. Las cortinas de humo no son patrimonio del partido que gobierna. Todos, sin excepción, utilizan este tipo de artimañas para pasar de puntillas por temas candentes y entretener al personal con “pan y circo”, como hicieran los antiguos romanos.

Todo aquello que sirva para evitar que la gente sepa o vea lo importante, constituye una cortina de humo. De esa manera se disimula la verdad de forma intencionada. Lo que constituye un grado más de manipulación social, ya que sería impensable que los partidos políticos pudieran tejer una cortina de humo en las mismas narices de los ciudadanos sin el beneplácito de los medios de comunicación que los amparan.

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Históricamente han sido los partidos de izquierda los que más han utilizado este tipo de artimaña. No es que exista una vinculación específica de la izquierda que tenga que ver con manipular al pueblo, pero si que es cierto que fue una estrategia utilizada por los gobiernos totalitarios de Europa del este, que ha perdurado en la actualidad.

No es casualidad que salgan ahora noticias que solapen los contubernios del gobierno de Pedro Sánchez, con los independentistas catalanes y vascos. No es casualidad que los medios de comunicación rescaten de la hemeroteca viejas y desusadas noticias, que en su día, fueron de alcance. No es casualidad que la izquierda radical quiera hacerse con el control de TVE, al igual que ya controla otros medios de comunicación. Como no es casualidad que el magnate de las finanzas; George Soros, esté detrás de las campañas independentistas.

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Las cosas nunca suceden por sí solas. Nada es relativamente fortuito. Todo tiene su cómo y su por qué. Por eso las cortinas de humo son tan importantes para difuminar la realidad, para confundir al personal y poner verdad donde hay una mentira, mientras la noticia de alcance pasa de puntillas. A nadie le interesa los miles de millones que nos va a costar contentar a los de los lazos amarillos. A nadie le interesa que la RAE se tire de los pelos por los despropósitos de un gobierno de paletos indocumentados, al menos en lo cultural.

Probablemente lo único que tengan bueno las cortinas de humo es que sirven para hacernos más ignorantes. Para no ver la realidad que tenemos delante. Para ocultar las barbaridades que comenten los seguidores del tío de la zeja; sí con z, y para mantenernos alejados de la caterva de políticos que se reparten el poder y los dineros, que eso es más doliente, mientras al incauto ciudadano lo enganchan a las tertulias del corazón o a los debates manipulados de la televisión sectaria y partidista.

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Manipulación social

La comunicación es una de las realidades más complejas a la que se enfrenta una sociedad moderna. Es imposible concebir una sociedad como la nuestra sin unas buenas fuentes de información, hasta el punto de que se considera en los primeros puestos de la dinámica social, en buena parte por la aparición de las redes sociales, que no por ser de carácter individual permanecen ajenas a la manipulación.

Nada es tan maleable a la información, con sus pros y sus contras, como la opinión pública. Diríase, que a mayor grado de información, peor informados estamos. Los centros de control y producción de la información tienen un poder sublime sobre los ciudadanos. Y con la influencia y el control viene aparejada, inevitablemente, la manipulación social.

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A cualquier observador de la realidad cotidiana, no le pasará desapercibido el interés partidista sobre las noticias que son actualidad y el buen o mal uso que de ellas se hace, en base a la obtención de unos fines concretos. Los medios de comunicación social han invadido de una manera alarmante la vida social y personal de los usuarios de la información. Y de ello, se aprovechan para destacar en un sentido u otro las conveniencias políticas de los grupos de poder, que compran a las grandes cadenas informativas, para que dejen de hacer periodismo clásico y ejerzan de voceros de una realidad paralela según que intereses convengan.

A mayor grado de información, mayor es la exposición al sectarismo y la manipulación. No es extraño, por tanto, que las luchas de poder se realicen en escenarios teatralizados, y que el control de los medios de comunicación suponga el primer encontronazo entre quienes pretenden llevar a cabo acciones de gobierno o de oposición, en la seguridad de que la información es poder.

Y si la información es poder, la información manipulada lo es aún más. Lo hemos visto en caída de gobiernos. En subida a las alturas y descenso a los infiernos de numerosos personajes, según el interés del momento. Lo vemos a diario con sintonizar los canales de televisión de la parrilla informativa, o visualizar las principales cabeceras y editoriales de la prensa escrita.

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Cada medio trata la misma noticia según le vaya a ir en su cuenta de resultados. Y para ello, no escatima recursos: contrata tertulianos con gran poder de decisión sobre determinadas cuestiones, técnicos en economía, política o crónica social, según para donde se quiera inclinar la balanza de la manipulación social, para hacer una mentira verdad a fuerza de repetirla.

Los medios de comunicación tienden a simplificar o magnificar las noticias según los porcentajes del rating. Que no es otra cosa que el indicador de audiencia que se produce por la exposición continuada a una determinada noticia. Esa noticia que nos meten con calzador y que resulta imposible sacar de nuestra cabeza, y que repetida machaconamente nos hace tomar partido, aún sin quererlo, por una determinada cuestión.

Aunque una sociedad haya alcanzado un alto grado de educación, la mayor parte de la población no está preparada para seguir unos análisis de alto nivel informativo. Y esa desinformación permite que puedan ser perfectamente maleables a lo que se les quiera transmitir, haciendo de una sociedad saturada de información la más desinformada de todas. Toleramos o castigamos los mayores dramas colectivos según los intereses económicos de los medios de comunicación, sin importarnos la verdad, la justicia o el honor de las personas.

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A perro flaco todo son pulgas

No hay nada más maleable que una sociedad desinformada. Una sociedad que, a estas alturas, se comporta como nuestros antepasados más lejanos, y obra sin orden ni concierto. Porque los españoles, seamos de donde seamos, y tengamos las etiquetas que cada uno se quiera poner, no dejamos de ser ancestrales, viscerales e intrínsecamente latinos. Los españoles somos antiespañoles por definición, nos gusta y nos disgusta lo mismo, a partes iguales. Somos cada uno de su padre y de su madre, y miramos por encima del hombro al de otra región según sea su renta per capita.

Dicho esto, y en mi ánimo no estaba escribir sobre la situación actual, quiero constatar que el problema que subyace en la brecha abierta entre españoles catalanes, y españoles de otros lugares, no deja de ser el mismo problema: que somos españoles. Así lo aseveró Unamuno en los albores de la guerra civil, cuando fue preguntado por lo que ocurría en España, ante el éxodo masivo de desplazados que cruzaba la frontera “El problema de España es que está llena de españoles”.

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Digo lo de la desinformación, porque a un ciudadano medianamente informado, no se le escapa de que el origen de toda esta discordia tiene que ver con la implantación de una república y echar a Felipe VI del trono. Aquí no hay problema catalán, ni vasco, ni de Bollullos del Condado. Aquí lo que hay es una unión de todos los partidos de izquierdas y sus satélites, para cargarse la Constitución, la Monarquía, y todo lo que no sea una España de perico de los palotes. Es por eso que han elegido Cataluña como chivo expiatorio, por tenerlo fácil, y aprovechado la debilidad de un gobierno en minoría y un presidente inepto, para atacar las bases fundamentales del Estado de Derecho.

No voy a ser tan necio de sentenciar que los anticapitalistas y sus colegas de Podemos tienen la culpa de todo, como tampoco la tiene Puigdemont, aunque me lluevan las críticas. La culpa de todo lo que está pasando la tiene Mariano Rajoy, el Partido Popular, y la caterva de asesores que no han previsto con antelación la que se les venía encima. O puede que si lo preveyeran, pero al gobernar en minoría, le ocurre como al perro flaco; que todo son pulgas.

La pantomima de Cataluña era una película anunciada en cinemascope y a todo color, por activa y por pasiva. Un despropósito sobre el que los interesados han trabajado denodadamente, como corresponde al que delinque, al que hace el butrón, mientras el gobierno y su presidente Rajoy, incluso los asesores millonarios y la Casa Real, han estado a verlas venir. Un despropósito que les ha estallado en toda la cara, y sobre el que no han sabido reaccionar con inteligencia.

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Cualquier español que sea preguntado en una encuesta dirá lo mismo que yo. Cualquier ciudadano sabía lo que se nos avecinaba y el remedio para corregirlo. Sobretodo, después de ningunear al Tribunal Constitucional, al propio Estado y, por supuesto, al gobierno. Porque no hay que ser un lumbreras para admitir que los independentistas iban a por todos, jaleados por los antisistema y todos aquellos que tiran la piedra y esconden la mano. Los que abrazan a los terroristas y vitorean a Maduro, mientras se ríen de nuestra débil y fracturada democracia.

La respuesta de Rajoy al desafío soberanista, ha sido tan desproporcionada como tardía. Ha sido previsible, y de ello se han aprovechado todos, patética hasta decir basta, poniendo en peligro la seguridad y la imagen de nuestras fuerzas del orden, y la de los propios ciudadanos, por caer en una trampa infantil que hasta el español más elemental veía venir. Se han querido matar las moscas a cañonazos, algo muy español, y total para qué, para que todo quede en agua de borrajas, y si te he visto no me acuerdo.

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Los independentistas seguirán forzando la maquinaria en Cataluña, después en el País Vasco y hasta en El Bonillo, que también es una nación, mientras al perro flaco se lo comen las pulgas y la desidia, lo alejan a patadas sus adversarios, y es despreciado por la sociedad.

Mariano Rajoy pasará a la historia por ser le presidente que menos ha hecho, pudiendo hacer más. Pasará a la historia como el líder de la corrupción política. Una corrupción que le incapacita para actuar contra otros corruptos. Mientras, los enemigos de España, de la Monarquía y del orden constitucional, se frotan las manos viendo el esperpento internacional que ha provocado. El daño ya está hecho y es irreparable. La sociedad española y, por ende, la catalana, está fracturada. Una fractura que no se puede corregir con el artículo 155 ni con ningún otro, porque el daño causado es tan grande y desproporcionado que no se puede afrontar con otro mayor.

 

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De sediciosos y corruptos

Es alarmante como los políticos juegan con la voluntad de la gente. Es, además, una irresponsabilidad que pone en peligro la integridad física de las personas, cuando no les cuesta la vida. Lo hemos sufrido hace pocos años en vascongadas, y lo volvemos a vivir en Cataluña.

Detrás de todos estos movimientos de masas, de declaraciones soberanistas y demás zarandajas, sólo se esconde una realidad: la corrupción. Si alguien se pone a analizar por qué después de 400 años de dimes y diretes, de tiras y aflojas con las pretensiones independentistas de Cataluña, suceden estos acontecimientos, precisamente ahora, precisamente cuando están hasta el cuello de corrupción tanto el Partido Popular como la Generalidad de Cataluña, se dará cuenta de que lo que se traen entre manos estos políticos corruptos, no es otra cosa que tapar sus miserias a cuenta de las aspiraciones separatistas de los anarquistas de la CUP, como antes fueron los batasunos, y por parte del partido de gobierno, la recurrente y casi imprescindible Guardia Civil.

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Digo que juegan con la voluntad de la gente, y hasta con sus vidas, porque detrás del manifestante exacerbado al que calientan desde todos los ámbitos de la sociedad catalana, hay una persona, un ser normal en su vida cotidiana, como lo es el exacerbado padre de familia que se deja el gaznate en un partido de fútbol, como si no hubiera mañana. También juegan con la integridad de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los que tratan como peones de una partida de ajedrez, con la escusa de que en ello les va el sueldo. Un sueldo, por cierto, que no cubre su esfuerzo ni el despropósito a que los someten los políticos de turno.

El enemigo de los separatistas catalanes no es la Guardia Civil, ni los jueces, que se limitan a cumplir con su papel. El enemigo de los que se quieren separar y de los que no queremos, son los señores que mandan en esos gobiernos corruptos que hemos tenido la desgracia de soportar. Los del 3%, los de la Gurtel y los de tantos casos que necesitaría 500 folios para describirlos.

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Durante años se ha permitido un adoctrinamiento de la sociedad catalana radical contra España, a cuenta de que Jordi Pujol no tirara de la famosa manta. Durante años, los gobiernos de España, de uno u otro color, han mirado para otro lado a la hora de hablar de corrupción, como si no fuera tema capital y, sólo Pascual Maragall, en los umbrales de su enfermedad, se atrevió a tirar de la manta, pero desde otro pico. Una manta que destapó todas las miserias de un gobierno de Convergencia, donde curiosamente, todo convergía en Andorra y en Suiza.

Ahora, cuando la corrupción ya no puede solaparse más, tanto desde el PP como desde el PdeCat, se inventan esta patraña, a sabiendas de que es ilegal, y ponen a cientos de miles de personas en la calle, con el único objetivo de tapar los delitos que les pueden llevar a la cárcel, y se aprovechan de las formaciones radicales separatistas para que les hagan el juego “unos mueven el árbol y otros cogemos las nueces” que decía Javier Arzalluz ¿lo recuerdan? Pues eso, que estamos ante un circo donde el espectáculo lo están dando los ciudadanos contra las fuerzas del orden, donde el enfrentamiento entre familiares y amigos abren brechas difíciles de cerrar, mientras los verdaderos culpables se ríen de la sociedad española, de la catalana, que por ende es la misma, dando un espectáculo patético ante el mundo.

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La corrupción de estos señores, de unos y otros, debe acabar con inhabilitaciones y cárcel, pero no por sediciosos, sino por corruptos. Y cuando los ladrones estén entre rejas, entonces nos ponemos a hablar de democracia, de separatismos y de lo que por las vías del diálogo se pueda resolver, que para eso somos ya mayorcitos y no está el mundo para tonterías. Entre tanto, seguiremos asistiendo a este depravado espectáculo y azuzando, desde la grada, como en el circo romano, a unos gladiadores contra otros, mientras el Cesar y su prole comen uvas en la tribuna.

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Choque de civilizaciones

Tras los atentados yihadistas, esta vez en Barcelona, que sacuden a toda Europa, siempre nos preguntamos por el motivo que induce a unos chicos jóvenes, la mayoría de las veces, a cometer tan salvaje acción, incluso a perder la vida en el atentado. Y casi siempre subyace en el animo de las personas medianamente informadas, que la solución pasa por cambiar la percepción que tenemos sobre un mundo desconocido, sobre la idea de mantener nuestra seguridad a salvo, sin chocar frontalmente con actitudes islamófobas o tremendistas que poco o nada aportan a la solución, aunque puedan quedar muy bien para exaltar a quienes aprovechan cualquier circunstancia con la intención de hacerse notar.

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Precisamente es lo que me ha mantenido alejado de la opinión, en estos días, donde se escribe de manera visceral, mezclando las churras con las merinas y dando palos de ciego en la resolución de un problema que nos atañe a todos; musulmanes y occidentales.

Está muy bien criticar el papel que juegan los países árabes, entre ellos Arabia Saudí, como posibles cooperadores y patrocinadores económicos de las células yihadistas, aunque poco o nada se dice, cuando el patrocinio es para los equipos de fútbol y empresas que soportan la crisis gracias al aporte económico de esos mismos países. Se critica la venta de armas, pero no se critica la hipocresía con que actúan gobiernos de todo tipo para que este invierno nos siga llegando gas a nuestras calefacciones y gasolina barata para nuestros vehículos.

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El problema, a mi juicio, tiene que ver con dos aspectos fundamentales, y los dos atañen directamente a los gobiernos y ciudadanos europeos, que somos los que recibimos el impacto violento de esta falta de previsión: el primero tiene que ver con el control exhaustivo de los centros de oración, ya sean mezquitas o pisos, sin apenas control, donde se reúnen los fieles a practicar su religión, ya que no se ofrece la misma visión del Corán en una mezquita salafista que en una convencional. Al igual que difiere un imán surgido de la propia comunidad musulmana a uno impuesto y pagado para adoctrinar en según que ideas. Ya que como hemos visto, la mayoría de los autores de los atentados que conocemos se caracterizan por formarse en mezquitas de dudosa reputación. El segundo, tiene que ver con algo tremendamente complicado, ya que atañe al comportamiento social, y en eso no nos vamos a poner de acuerdo jamás los ciudadanos, pues siempre habrá quien herido de muerte exclame aquello de perdónale señor que no sabe lo que hace. Por tanto, deben ser las autoridades, las que preserven nuestro modo de vida, sin exclusiones sociales y sin fomentar el racismo. Pero al mismo tiempo, garantizando nuestra convivencia democrática y de valores que tanto nos ha costado construir.

Creo firmemente en la igualdad entre los seres humanos, pero nadie tiene la potestad de sentirse superior, por motivo de raza o religión, y los que atacan nuestra sociedad por considerarnos infieles, vienen a nuestra casa a destruir los valores que tenemos, en muchos casos, con el beneplácito de unas autoridades que aún no se han dado cuenta del hecho diferencial que nos separa. Un hecho diferencial que los mismos musulmanes se regodean en recordamos, cuando sucumbimos a sus pretensiones en colegios infantiles, en universidades, en centros de trabajo y de ocio, donde intentan marcarnos unas pautas que no son propias de nuestro estilo de vida, pero que nadie corrige, es más, muchos toleran equivocadamente, al confundir racismo o islamofobia con modelo de sociedad.

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Estamos ante un debate social que afecta a Europa como modelo de convivencia. Una Europa que cobija a millones de migrantes de todos los credos, razas y religiones, pero que todas se adaptan a nuestro modo de vida, porque es precisamente esa vida la que han venido buscando, excepto los que llegan con la idea de imponer sus costumbres en detrimento de las nuestras, y si no lo consiguen de una forma, predican un odio visceral con la intención de acabar con el mayor número posible de occidentales. En tu mano querido lector puede estar el evitarlo.

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¡Taxistas!

No suelo escribir artículos de opinión que no contengan un interés general o sean actualidad. Da lo mismo que el contenido sea político, que son los más, o literario, que deberían ser los más y son los menos. Pero hoy, viendo las noticias y recordando otros sucesos acaecidos con taxistas, me ha venido a la memoria un antiguo vecino que era taxista, o quizá lo siga siendo. Y esta es la historia que les quiero contar, para en todo o en parte, entender las lamentables imágenes que hemos visto por televisión, de agresiones a conductores profesionales y a vehículos carísimos, por parte de desalmados, que dicen ser taxistas, pero que me recuerdan a los matones de las mafias del este, y a los chulos de cabaret barato.

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Mi vecino se llamaba Mariano y era extremeño. En los años ochenta y noventa no había tanta crisis como ahora y todo pasaba más desapercibido. Por la mañana trabajaba de chófer en el Parque Móvil, que era el que surtía de vehículos oficiales a todos los ministerios y, por la tarde, trabajaba el taxi que había comprado con la venta de unas tierras en su pueblo natal. Lo compartía con un bombero, para hacer más rentable el uso del vehículo y la licencia, trabajando en dos turnos. Mariano esperaba el relevo en el bar que había debajo de casa, mientras tomábamos unas cervezas, y con la segunda ronda, empezaba a contar las anécdotas del día. Esas anécdotas que han ido quedando en la memoria de los usuarios del taxi, sobretodo, de los turistas que nos visitaban y acababan recorriendo media ciudad.

Mariano, con la simpleza que caracteriza al pícaro español, tan retratado y descrito en la literatura, contaba sin censura alguna, el “paseo” que le había dado a unos guiris que venían de turismo, y lo hacía dejando a los turistas por tontos y a él por listo. Contaba lo fácil que era sacarte unas pesetas llevando a los clientes a determinados hoteles, pensiones o apartamentos, donde había un acuerdo tácito con el personal para encarecer los precios. Contaba, sin ningún rubor, tantas y tantas cosas, que Mariano se crecía ante la cara de asombro de los tertulianos, como si aquello que hacía él y los de su gremio, fuera de lo más normal del mundo.

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Mariano contaba, abiertamente, cómo operaba la “mafia” del taxi en el aeropuerto. Los que se pasaban el día jugando a las cartas en espera de una buena carrera. Una de esas que te arreglan el mes y, cuando la conseguían, entre compinches, se saltaban el turno, ante la mirada atónita de los compañeros honrados, y se llevaban el pastel. Por contar, Mariano contaba de todo, incluso que pedían un taxi para un conocido locutor de radio, con la advertencia explícita de que el taxista no escuchara Radio Olé.

Quiero decir que mi vecino Mariano, sin saberlo, faltaba a las más elementales normas de lo que debe ser un servicio público. Qué contándonos aquellas cosas, nos ponía sobre alerta de un trabajo digno que dañan unos pocos, y pagan justos por pecadores. De un servicio que en la ciudad de Madrid tiene más de quince mil licencias, repartidas en varias asociaciones de radio teléfono, que son los más cuidadosos y esmerados, pero que también tiene un alto porcentaje de individuos a los que no les importa hacer huelga y fastidiar al usuario, porque trabajan en otra parte y las ganancias del taxi suelen ser un extra. Esos, los menos, son los que suelen llevar la voz cantante en las reivindicaciones y protestas, entre otras cosas, porque no les afecta el sueldo. Esos, los menos, son los que se sienten molestos con los compañeros que destapan sus movidas y chanchullos, los que dan mala imagen al sector, qué cada día más los usuarios se decanten por el servicio que prestan las compañías de nueva implantación.

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Esas compañías a las que les solicitas el servicio vía app y te recogen en el domicilio o trabajo con un coche nuevo y limpio, con un chófer elegantemente vestido, y un precio pactado por el trayecto, sin vueltas ni aventuras. Sin taxistas con olor a tabaco o sudor, con bermudas de camuflaje y barba de tres días. Taxistas que no se saben el “catecismo”, como se llamaba antes a la guía de Madrid, y se tiran una hora para encontrar un itinerario. Taxistas que no quieren que un servicio nuevo y eficaz les arrebate el chollo y la impunidad con que tratan a los clientes.

Estoy seguro que las plataformas del nuevo servicio de taxi, que ya se dan por todo el mundo, han venido para quedarse, para hacer más eficiente un servicio público que pagamos todos, y que deben ser los propios taxistas, los honrados, los que busquen la vía pacífica para integrarse, unos y otros, en un mercado de libre competencia. Y las autoridades, en la misión de que eso se cumpla, de que el servicio de taxi tradicional tenga unas mínimas pautas de civismo en el vestir, como lo hacen los conductores de autobús o metro, porque eso también pone en cuestión la imagen de nuestras ciudades y la Marca España.

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