A perro flaco todo son pulgas

No hay nada más maleable que una sociedad desinformada. Una sociedad que, a estas alturas, se comporta como nuestros antepasados más lejanos, y obra sin orden ni concierto. Porque los españoles, seamos de donde seamos, y tengamos las etiquetas que cada uno se quiera poner, no dejamos de ser ancestrales, viscerales e intrínsecamente latinos. Los españoles somos antiespañoles por definición, nos gusta y nos disgusta lo mismo, a partes iguales. Somos cada uno de su padre y de su madre, y miramos por encima del hombro al de otra región según sea su renta per capita.

Dicho esto, y en mi ánimo no estaba escribir sobre la situación actual, quiero constatar que el problema que subyace en la brecha abierta entre españoles catalanes, y españoles de otros lugares, no deja de ser el mismo problema: que somos españoles. Así lo aseveró Unamuno en los albores de la guerra civil, cuando fue preguntado por lo que ocurría en España, ante el éxodo masivo de desplazados que cruzaba la frontera “El problema de España es que está llena de españoles”.

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Digo lo de la desinformación, porque a un ciudadano medianamente informado, no se le escapa de que el origen de toda esta discordia tiene que ver con la implantación de una república y echar a Felipe VI del trono. Aquí no hay problema catalán, ni vasco, ni de Bollullos del Condado. Aquí lo que hay es una unión de todos los partidos de izquierdas y sus satélites, para cargarse la Constitución, la Monarquía, y todo lo que no sea una España de perico de los palotes. Es por eso que han elegido Cataluña como chivo expiatorio, por tenerlo fácil, y aprovechado la debilidad de un gobierno en minoría y un presidente inepto, para atacar las bases fundamentales del Estado de Derecho.

No voy a ser tan necio de sentenciar que los anticapitalistas y sus colegas de Podemos tienen la culpa de todo, como tampoco la tiene Puigdemont, aunque me lluevan las críticas. La culpa de todo lo que está pasando la tiene Mariano Rajoy, el Partido Popular, y la caterva de asesores que no han previsto con antelación la que se les venía encima. O puede que si lo preveyeran, pero al gobernar en minoría, le ocurre como al perro flaco; que todo son pulgas.

La pantomima de Cataluña era una película anunciada en cinemascope y a todo color, por activa y por pasiva. Un despropósito sobre el que los interesados han trabajado denodadamente, como corresponde al que delinque, al que hace el butrón, mientras el gobierno y su presidente Rajoy, incluso los asesores millonarios y la Casa Real, han estado a verlas venir. Un despropósito que les ha estallado en toda la cara, y sobre el que no han sabido reaccionar con inteligencia.

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Cualquier español que sea preguntado en una encuesta dirá lo mismo que yo. Cualquier ciudadano sabía lo que se nos avecinaba y el remedio para corregirlo. Sobretodo, después de ningunear al Tribunal Constitucional, al propio Estado y, por supuesto, al gobierno. Porque no hay que ser un lumbreras para admitir que los independentistas iban a por todos, jaleados por los antisistema y todos aquellos que tiran la piedra y esconden la mano. Los que abrazan a los terroristas y vitorean a Maduro, mientras se ríen de nuestra débil y fracturada democracia.

La respuesta de Rajoy al desafío soberanista, ha sido tan desproporcionada como tardía. Ha sido previsible, y de ello se han aprovechado todos, patética hasta decir basta, poniendo en peligro la seguridad y la imagen de nuestras fuerzas del orden, y la de los propios ciudadanos, por caer en una trampa infantil que hasta el español más elemental veía venir. Se han querido matar las moscas a cañonazos, algo muy español, y total para qué, para que todo quede en agua de borrajas, y si te he visto no me acuerdo.

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Los independentistas seguirán forzando la maquinaria en Cataluña, después en el País Vasco y hasta en El Bonillo, que también es una nación, mientras al perro flaco se lo comen las pulgas y la desidia, lo alejan a patadas sus adversarios, y es despreciado por la sociedad.

Mariano Rajoy pasará a la historia por ser le presidente que menos ha hecho, pudiendo hacer más. Pasará a la historia como el líder de la corrupción política. Una corrupción que le incapacita para actuar contra otros corruptos. Mientras, los enemigos de España, de la Monarquía y del orden constitucional, se frotan las manos viendo el esperpento internacional que ha provocado. El daño ya está hecho y es irreparable. La sociedad española y, por ende, la catalana, está fracturada. Una fractura que no se puede corregir con el artículo 155 ni con ningún otro, porque el daño causado es tan grande y desproporcionado que no se puede afrontar con otro mayor.

 

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De sediciosos y corruptos

Es alarmante como los políticos juegan con la voluntad de la gente. Es, además, una irresponsabilidad que pone en peligro la integridad física de las personas, cuando no les cuesta la vida. Lo hemos sufrido hace pocos años en vascongadas, y lo volvemos a vivir en Cataluña.

Detrás de todos estos movimientos de masas, de declaraciones soberanistas y demás zarandajas, sólo se esconde una realidad: la corrupción. Si alguien se pone a analizar por qué después de 400 años de dimes y diretes, de tiras y aflojas con las pretensiones independentistas de Cataluña, suceden estos acontecimientos, precisamente ahora, precisamente cuando están hasta el cuello de corrupción tanto el Partido Popular como la Generalidad de Cataluña, se dará cuenta de que lo que se traen entre manos estos políticos corruptos, no es otra cosa que tapar sus miserias a cuenta de las aspiraciones separatistas de los anarquistas de la CUP, como antes fueron los batasunos, y por parte del partido de gobierno, la recurrente y casi imprescindible Guardia Civil.

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Digo que juegan con la voluntad de la gente, y hasta con sus vidas, porque detrás del manifestante exacerbado al que calientan desde todos los ámbitos de la sociedad catalana, hay una persona, un ser normal en su vida cotidiana, como lo es el exacerbado padre de familia que se deja el gaznate en un partido de fútbol, como si no hubiera mañana. También juegan con la integridad de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los que tratan como peones de una partida de ajedrez, con la escusa de que en ello les va el sueldo. Un sueldo, por cierto, que no cubre su esfuerzo ni el despropósito a que los someten los políticos de turno.

El enemigo de los separatistas catalanes no es la Guardia Civil, ni los jueces, que se limitan a cumplir con su papel. El enemigo de los que se quieren separar y de los que no queremos, son los señores que mandan en esos gobiernos corruptos que hemos tenido la desgracia de soportar. Los del 3%, los de la Gurtel y los de tantos casos que necesitaría 500 folios para describirlos.

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Durante años se ha permitido un adoctrinamiento de la sociedad catalana radical contra España, a cuenta de que Jordi Pujol no tirara de la famosa manta. Durante años, los gobiernos de España, de uno u otro color, han mirado para otro lado a la hora de hablar de corrupción, como si no fuera tema capital y, sólo Pascual Maragall, en los umbrales de su enfermedad, se atrevió a tirar de la manta, pero desde otro pico. Una manta que destapó todas las miserias de un gobierno de Convergencia, donde curiosamente, todo convergía en Andorra y en Suiza.

Ahora, cuando la corrupción ya no puede solaparse más, tanto desde el PP como desde el PdeCat, se inventan esta patraña, a sabiendas de que es ilegal, y ponen a cientos de miles de personas en la calle, con el único objetivo de tapar los delitos que les pueden llevar a la cárcel, y se aprovechan de las formaciones radicales separatistas para que les hagan el juego “unos mueven el árbol y otros cogemos las nueces” que decía Javier Arzalluz ¿lo recuerdan? Pues eso, que estamos ante un circo donde el espectáculo lo están dando los ciudadanos contra las fuerzas del orden, donde el enfrentamiento entre familiares y amigos abren brechas difíciles de cerrar, mientras los verdaderos culpables se ríen de la sociedad española, de la catalana, que por ende es la misma, dando un espectáculo patético ante el mundo.

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La corrupción de estos señores, de unos y otros, debe acabar con inhabilitaciones y cárcel, pero no por sediciosos, sino por corruptos. Y cuando los ladrones estén entre rejas, entonces nos ponemos a hablar de democracia, de separatismos y de lo que por las vías del diálogo se pueda resolver, que para eso somos ya mayorcitos y no está el mundo para tonterías. Entre tanto, seguiremos asistiendo a este depravado espectáculo y azuzando, desde la grada, como en el circo romano, a unos gladiadores contra otros, mientras el Cesar y su prole comen uvas en la tribuna.

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Choque de civilizaciones

Tras los atentados yihadistas, esta vez en Barcelona, que sacuden a toda Europa, siempre nos preguntamos por el motivo que induce a unos chicos jóvenes, la mayoría de las veces, a cometer tan salvaje acción, incluso a perder la vida en el atentado. Y casi siempre subyace en el animo de las personas medianamente informadas, que la solución pasa por cambiar la percepción que tenemos sobre un mundo desconocido, sobre la idea de mantener nuestra seguridad a salvo, sin chocar frontalmente con actitudes islamófobas o tremendistas que poco o nada aportan a la solución, aunque puedan quedar muy bien para exaltar a quienes aprovechan cualquier circunstancia con la intención de hacerse notar.

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Precisamente es lo que me ha mantenido alejado de la opinión, en estos días, donde se escribe de manera visceral, mezclando las churras con las merinas y dando palos de ciego en la resolución de un problema que nos atañe a todos; musulmanes y occidentales.

Está muy bien criticar el papel que juegan los países árabes, entre ellos Arabia Saudí, como posibles cooperadores y patrocinadores económicos de las células yihadistas, aunque poco o nada se dice, cuando el patrocinio es para los equipos de fútbol y empresas que soportan la crisis gracias al aporte económico de esos mismos países. Se critica la venta de armas, pero no se critica la hipocresía con que actúan gobiernos de todo tipo para que este invierno nos siga llegando gas a nuestras calefacciones y gasolina barata para nuestros vehículos.

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El problema, a mi juicio, tiene que ver con dos aspectos fundamentales, y los dos atañen directamente a los gobiernos y ciudadanos europeos, que somos los que recibimos el impacto violento de esta falta de previsión: el primero tiene que ver con el control exhaustivo de los centros de oración, ya sean mezquitas o pisos, sin apenas control, donde se reúnen los fieles a practicar su religión, ya que no se ofrece la misma visión del Corán en una mezquita salafista que en una convencional. Al igual que difiere un imán surgido de la propia comunidad musulmana a uno impuesto y pagado para adoctrinar en según que ideas. Ya que como hemos visto, la mayoría de los autores de los atentados que conocemos se caracterizan por formarse en mezquitas de dudosa reputación. El segundo, tiene que ver con algo tremendamente complicado, ya que atañe al comportamiento social, y en eso no nos vamos a poner de acuerdo jamás los ciudadanos, pues siempre habrá quien herido de muerte exclame aquello de perdónale señor que no sabe lo que hace. Por tanto, deben ser las autoridades, las que preserven nuestro modo de vida, sin exclusiones sociales y sin fomentar el racismo. Pero al mismo tiempo, garantizando nuestra convivencia democrática y de valores que tanto nos ha costado construir.

Creo firmemente en la igualdad entre los seres humanos, pero nadie tiene la potestad de sentirse superior, por motivo de raza o religión, y los que atacan nuestra sociedad por considerarnos infieles, vienen a nuestra casa a destruir los valores que tenemos, en muchos casos, con el beneplácito de unas autoridades que aún no se han dado cuenta del hecho diferencial que nos separa. Un hecho diferencial que los mismos musulmanes se regodean en recordamos, cuando sucumbimos a sus pretensiones en colegios infantiles, en universidades, en centros de trabajo y de ocio, donde intentan marcarnos unas pautas que no son propias de nuestro estilo de vida, pero que nadie corrige, es más, muchos toleran equivocadamente, al confundir racismo o islamofobia con modelo de sociedad.

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Estamos ante un debate social que afecta a Europa como modelo de convivencia. Una Europa que cobija a millones de migrantes de todos los credos, razas y religiones, pero que todas se adaptan a nuestro modo de vida, porque es precisamente esa vida la que han venido buscando, excepto los que llegan con la idea de imponer sus costumbres en detrimento de las nuestras, y si no lo consiguen de una forma, predican un odio visceral con la intención de acabar con el mayor número posible de occidentales. En tu mano querido lector puede estar el evitarlo.

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¡Taxistas!

No suelo escribir artículos de opinión que no contengan un interés general o sean actualidad. Da lo mismo que el contenido sea político, que son los más, o literario, que deberían ser los más y son los menos. Pero hoy, viendo las noticias y recordando otros sucesos acaecidos con taxistas, me ha venido a la memoria un antiguo vecino que era taxista, o quizá lo siga siendo. Y esta es la historia que les quiero contar, para en todo o en parte, entender las lamentables imágenes que hemos visto por televisión, de agresiones a conductores profesionales y a vehículos carísimos, por parte de desalmados, que dicen ser taxistas, pero que me recuerdan a los matones de las mafias del este, y a los chulos de cabaret barato.

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Mi vecino se llamaba Mariano y era extremeño. En los años ochenta y noventa no había tanta crisis como ahora y todo pasaba más desapercibido. Por la mañana trabajaba de chófer en el Parque Móvil, que era el que surtía de vehículos oficiales a todos los ministerios y, por la tarde, trabajaba el taxi que había comprado con la venta de unas tierras en su pueblo natal. Lo compartía con un bombero, para hacer más rentable el uso del vehículo y la licencia, trabajando en dos turnos. Mariano esperaba el relevo en el bar que había debajo de casa, mientras tomábamos unas cervezas, y con la segunda ronda, empezaba a contar las anécdotas del día. Esas anécdotas que han ido quedando en la memoria de los usuarios del taxi, sobretodo, de los turistas que nos visitaban y acababan recorriendo media ciudad.

Mariano, con la simpleza que caracteriza al pícaro español, tan retratado y descrito en la literatura, contaba sin censura alguna, el “paseo” que le había dado a unos guiris que venían de turismo, y lo hacía dejando a los turistas por tontos y a él por listo. Contaba lo fácil que era sacarte unas pesetas llevando a los clientes a determinados hoteles, pensiones o apartamentos, donde había un acuerdo tácito con el personal para encarecer los precios. Contaba, sin ningún rubor, tantas y tantas cosas, que Mariano se crecía ante la cara de asombro de los tertulianos, como si aquello que hacía él y los de su gremio, fuera de lo más normal del mundo.

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Mariano contaba, abiertamente, cómo operaba la “mafia” del taxi en el aeropuerto. Los que se pasaban el día jugando a las cartas en espera de una buena carrera. Una de esas que te arreglan el mes y, cuando la conseguían, entre compinches, se saltaban el turno, ante la mirada atónita de los compañeros honrados, y se llevaban el pastel. Por contar, Mariano contaba de todo, incluso que pedían un taxi para un conocido locutor de radio, con la advertencia explícita de que el taxista no escuchara Radio Olé.

Quiero decir que mi vecino Mariano, sin saberlo, faltaba a las más elementales normas de lo que debe ser un servicio público. Qué contándonos aquellas cosas, nos ponía sobre alerta de un trabajo digno que dañan unos pocos, y pagan justos por pecadores. De un servicio que en la ciudad de Madrid tiene más de quince mil licencias, repartidas en varias asociaciones de radio teléfono, que son los más cuidadosos y esmerados, pero que también tiene un alto porcentaje de individuos a los que no les importa hacer huelga y fastidiar al usuario, porque trabajan en otra parte y las ganancias del taxi suelen ser un extra. Esos, los menos, son los que suelen llevar la voz cantante en las reivindicaciones y protestas, entre otras cosas, porque no les afecta el sueldo. Esos, los menos, son los que se sienten molestos con los compañeros que destapan sus movidas y chanchullos, los que dan mala imagen al sector, qué cada día más los usuarios se decanten por el servicio que prestan las compañías de nueva implantación.

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Esas compañías a las que les solicitas el servicio vía app y te recogen en el domicilio o trabajo con un coche nuevo y limpio, con un chófer elegantemente vestido, y un precio pactado por el trayecto, sin vueltas ni aventuras. Sin taxistas con olor a tabaco o sudor, con bermudas de camuflaje y barba de tres días. Taxistas que no se saben el “catecismo”, como se llamaba antes a la guía de Madrid, y se tiran una hora para encontrar un itinerario. Taxistas que no quieren que un servicio nuevo y eficaz les arrebate el chollo y la impunidad con que tratan a los clientes.

Estoy seguro que las plataformas del nuevo servicio de taxi, que ya se dan por todo el mundo, han venido para quedarse, para hacer más eficiente un servicio público que pagamos todos, y que deben ser los propios taxistas, los honrados, los que busquen la vía pacífica para integrarse, unos y otros, en un mercado de libre competencia. Y las autoridades, en la misión de que eso se cumpla, de que el servicio de taxi tradicional tenga unas mínimas pautas de civismo en el vestir, como lo hacen los conductores de autobús o metro, porque eso también pone en cuestión la imagen de nuestras ciudades y la Marca España.

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De guardianes de la palabra y la gramática parda

La falta de respeto a nuestro lenguaje, tiene que ver con la crisis de valores que sufre nuestra sociedad actual. A esa falta de respeto se suman otras que conciernen, en su conjunto, a la ética y la moral. Una serie de despropósitos que minan, desde la base, la evolución social de nuestro país, en el que tan denostado se encuentra nuestro lenguaje, debido a influencias extranjeras, y al mal uso que le damos en las redes sociales.

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El lenguaje es la capacidad que tenemos los humanos para usar palabras y combinarlas en frases de forma que puedan comunicar ideas a otras personas. También, de modo inverso, es la comprensión de las palabras emitidas por otras personas para convertirlas en conceptos en nuestras mentes. Existen también otros tipos de lenguaje, como el lenguaje por señas, a través de gestos manuales y faciales, que utilizan las personas sordas para comunicarse. Así pues, el lenguaje es la capacidad de transformar ideas en señales y debe distinguirse de otras capacidades, como el pensamiento, o la capacidad de leer y escribir.

El lenguaje es, también, la capacidad de transformar ideas en señales para comunicarse con otros. Pero el lenguaje es distinto de las ideas. Las personas no piensan solo en las palabras y frases de su lenguaje; el pensamiento puede ocurrir en ausencia de lenguaje. Los niños, las personas afásicas y los humanos adultos normales piensan cuando usan imágenes visuales, conceptos abstractos y otras formas no lingüísticas de pensamiento. Por otra parte, el lenguaje debe distinguirse de la capacidad de leer y escribir. Cuando pensamos, transmitimos una idea sin faltas de ortografía, sin palabras artificiales: pensamos, construimos un concepto, lo desarrollamos pulcramente en nuestro interior. Pero después no sabemos expresar ese pensamiento a través de la palabra o de la escritura, tal y como lo hemos concebido. Es entonces cuando se adultera el pensamiento y se expresa con palabras que nos pueden resultar más fáciles de transmitir, pero que dan una idea poco veraz y errónea del significado y termina siendo algo de difícil comprensión.

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Corregir esas malas costumbres en el lenguaje escrito y preservar la matriz de nuestra lengua es misión de la RAE Real Academia de la Lengua Española, en cuyos estatutos se establece como objetivo fundamental “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”. Pero con el debido respeto a las reglas más elementales del uso del idioma.

Sabemos que la lengua es viva y se modifica con el uso. Que aparecen palabras nuevas, particularmente anglicismos adaptados a la ortografía castellana, palabras viejas cuyo significado se pierde en el tiempo o vulgarismos fruto de la expresión oral, y que son, con frecuencia, fuente de sorpresas lingüísticas curiosas. Pero ello, no debe servir para dar patente de corso a todo lo chabacano, a la parte más choni de nuestro vocabulario y convertir la gramática parda en algo cotidiano.

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Cuando escribimos, sobretodo si no se hace de manera profesional, entra dentro de lo normal, o así lo creo, errar en la forma de colocar una coma, un punto, incluso un punto y coma, que no altera en lo sustancial lo que queremos expresar. Pero de ninguna de las maneras se deben aceptar como ordinarias, aquellas palabras que vulgarizan el lenguaje, lo corrompen y desvirtúan, por muy de uso común que pueda llegar a ser.

El lenguaje vulgar no puede formar parte de nuestra vida, ya sea de manera hablada o escrita. El deterioro de los pilares en los que se fundamenta una sociedad moderna y avanzada no pueden ser causa de justificación para vulgarizar el lenguaje, prostituirlo y ser cómplice de ello, porque flaco favor haremos a las generaciones venideras y a quienes, desde tiempos pretéritos, se han esforzado de dotar a la lengua española del esplendor con que siempre ha brillado.

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La cheka de Barcelona

Todo sucede a partir de Barcelona. Y no porque allí residan los dirigentes de la Generalidad, y los políticos de ocasión, sino porque en Barcelona es donde conspiran los instructores de la cheka independentista en su desafío al Estado de derecho. Para quien no haya leído acerca de nuestra siniestra guerra civil, y sus prolegómenos, o simplemente no haya sido de su interés, quiero contarles el paralelismo que existe entre aquellas instalaciones, llamadas chekas, que utilizaban los republicanos, al margen de las leyes, para detener, interrogar, torturar, o juzgar sin garantías, a los que no pensaban como ellos, aunque carecieran de identidad política, y la purga que se está realizando entre los miembros del gobierno catalán y sus responsables políticos, a cuenta de la ilegal convocatoria de un referéndum que nadie quiere, excepto los perro flautas anticapitalistas de la CUP y los que quieren eludir la acción de la justicia, por corruptos.

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Lo que está ocurriendo en el gobierno catalán, y sus órganos afines, nos lleva a recordar las purgas del otro lado del telón de acero en tiempos de la guerra fría. Es el más puro estilo de purga estalinista que se ha dado en Europa en época reciente, donde se elimina sistemáticamente a todo aquel que lleva la contraria al líder, o no se hace eco de las proclamas que inducen a desobedecer la Constitución y las Leyes de un Estado democrático: Políticos, periodistas, empresarios, nadie se libra de la criba que señalan y condenan los dirigentes de la cheka.

El riesgo que corre Puigdemont, presionado por sus socios y sucios compañeros en la deriva secesionista, es que el resultado de la purga se vuelva contra el, ya que al tratar de bunkerizar el procés pisando cadáveres políticos de sus afines, más que un bloqueo identitario consiga unos enemigos más fuertes en la agonizante legislatura que se avecina. Sea como fuere, el recuerdo de las chekas en España y las purgas estalinistas en la Unión Soviética, no tienen cabida en una parte de la Europa del Siglo XXI.

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Todo el mundo sabe que en Cataluña no se va a celebrar absolutamente nada que sea vinculante para el futuro inmediato de los catalanes no independentistas, tampoco para estos últimos. Y aunque a veces nos asalta nuestro carácter latino y el lado más visceral, y queremos la resolución de las cosas inmediatamente, el gobierno de la Nación, con el que no tengo simpatía ni afinidad, está haciendo las cosas como se deben hacer; cumpliendo plazos, sin alteraciones ni exabruptos en sus declaraciones, como corresponde a quien tiene la razón y la fuerza.

Parece mentira que a estas alturas de la película, y suponiéndole al personal una cultura e información más que digna, no se hayan percatado aún, de que los territorios que conforman el Estado Español, no tienen más fronteras que las naturales con nuestros vecinos de Francia y Portugal. Que así ha sido durante siglos, merced al trabajo, voluntad y sangre de los que nos precedieron, y que así debe seguir siendo, para engrandecimiento de la Patria; la de los que llamamos a España, Patria, y la de los que la repudian porque son así de tontos, que le vamos hacer.

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Si alguien tiene en su cabeza la idea de que España es divisible, y de que cada uno puede llevarse su trocito correspondiente donde le apetezca, está muy equivocado. Los españoles vivimos de “alquiler” en el espacio que, precisamente, unos antepasados se esmeraron en unir para hacernos más fuertes, independientemente de que cada uno de nosotros seamos de un padre y una madre, y algunos ni eso, y que la cuestión de la soberanía nacional reside en el conjunto de los ciudadanos, sean de donde sean, pero observando el detalle de que el usufructo sobre el territorio no nos compete a ninguno de nosotros, sino que es del Estado. Ese mismo Estado del que todos nos beneficiamos, para bien o para mal, pero de acuerdo a normas democráticas, nunca por la imposición, purgas o chekas de unos pocos, que se creen con más derechos que el resto.

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La sociedad dormida

No seré yo el que ponga en cuestión cualquier homenaje que se realice a las víctimas del terrorismo de ETA, venga de donde venga, entre otras cosas porque es algo que me ha tocado muy de cerca. Pero también, porque es una forma de mantener viva, aunque sea en el recuerdo, la memoria de todos y cada uno de los vilmente asesinados, además de por las balas y las bombas etarras, por el silencio de sus cómplices, de los políticos del momento, incluso por una sociedad dormida a la que le dio igual, durante muchos años, que las víctimas fueran servidores públicos, por el mero hecho de llevar un uniforme.

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Los que en aquellos años de plomo vestíamos uniforme, estábamos plenamente convencidos de que el terrorismo aflojaría, y se plantearían soluciones, en el momento que las balas se dirigiesen para otro lado, en el momento que cada uno de los asesinados tuviera mayor repercusión social que los simples guardias y policías, que buscando en la vocación de servir un medio de vida, eran enviados al País Vasco sin ninguna garantía de resolución de un conflicto político que nadie estaba dispuesto a mediar.

Podría entrar en muchos detalles de todo aquello, detalles que amplío en mi libro Diario de una terrorista, pero no es el lugar. En cambio si que quiero hacer una llamada de atención sobre el silencio que se producía en la sociedad, el mutismo de muchos políticos y la poca implicación de los medios de comunicación, que cambiaron sustancialmente de actitud cuando las víctimas, en lugar de llevar uniforme verde o marrón, y se las identificaba por su profesión, pasaron a tener nombre y apellidos y un partido político que los respaldaba.

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Se que mis palabras escritas pueden tener más detractores que adeptos, y que pueden levantar ampollas y discrepancias, por supuesto. Pero no por ello están cargadas de menos razón. Por desgracia, en nuestro país, somos más de reivindicaciones individuales que colectivas, también nos ocurre cuando se trata de denostar a alguien, como si nuestra crítica tuviera necesariamente que tener un destinatario.

Cuando se acaba de cumplir el veinte aniversario del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco, y la repercusión mediática y política que ha tenido, no puedo dejar de pensar en las otras víctimas del terrorismo, también, por supuesto, de los civiles; mujeres y niños, de los que se habla aún menos. Y a uno le da la impresión de que hasta en la forma empezara de tratar una cosa y otras, hay una diferencia abismal, de la que tienen mucho que decir los medios de comunicación y esta sociedad dormida, que sólo despierta cuando se la instiga mediáticamente.

Desde mi fuero interno, y con el máximo respeto a lo que representa para la sociedad española la figura de Miguel Ángel Blanco, pienso si se obraría de igual manera, si esta víctima; una más, hubiera llevado uniforme, en lugar de pertenecer a un determinado partido político. Si los medios de comunicación no hubieran alentado a las masas para buscar un héroe concreto, dentro de la barbaridad que ya había sobrepasado los límites de lo coherente muchos años antes.

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Puede que tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, se despejaran muchas incógnitas, que la sociedad dormida por fin a reaccionar, e incluyo a la sociedad vasca, de la que habría que hacer un resumen aparte. Como digo, puede que hace veinte años se dieran las circunstancias para buscar soluciones al terrorismo, que antes no se habían dado, puede que todos y cada uno de nosotros sintiéramos especialmente el terrible suceso que acababa de ocurrir. Pero en cada homenaje que no se hace a las otras víctimas del terrorismo, estamos dejando un tremendo olvido, un vacío irreparable, un héroe incógnito, porque la muerte no es muerte mientras permanece el recuerdo, y ello supone dar margen a los asesinos de esos héroes, porque ni la víctima tiene nombre ni apellidos, ni el asesino tampoco.

La sociedad española, en su conjunto, salvo ligeras excepciones, ha estado muchos años dormida e impasible ante lo que estaba sucediendo, como si los dramáticos sucesos que se contaban a diario en las televisiones se produjeran a miles de kilómetros de nuestras casas, por eso, desde aquí, desde estas líneas, mi reconocimiento a Miguel Ángel Blanco, porque con su martirio, la sociedad civil pudo despertar, y las otras víctimas, las incógnitas, dejaron de ser menos.

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